De siembra fueron los días que nos amamos:
un beso fue semilla,
plantamos mil abrazos.
Nos sembramos caricias,
dulzura nos sembramos.
Ya no somos los dos la misma tierra,
el tiempo se ha estirado entre nosotros
y ahora que no estás
están naciendo frutos
de aquella antigua siembra.
De pronto madura una sonrisa
del árbol de mis recuerdos,
una esperanza podrida se desprende,
una nostalgia fresca.
A veces corto, de alguna rama,
aun sin madurar,
alguna imagen de tu risa lejana
Es prolijo el amor,
Poco sembramos
Y florecen mil recuerdos
Este es mi cuaderno de notas ocasionales: guardo aquí borradores de textos para no perderlos...
Tuesday, May 11, 2010
Saturday, May 02, 2009
Wednesday, April 29, 2009
Influenza en el DF
Hoy nos despertamos con la noticia de que sobre la ciudad que habitamos se cierne una epidemia. El anuncio se hizo desde anoche, poco antes de acabar el día, seguramente muchos no durmieron bien por la preocupación.
Por órdenes de las personas que gobiernan estos territorios se cerraron las escuelas y dicen que a lo mejor se pedirá que no vayamos a trabajar el lunes. Hoy es viernes.
Yo tenía previsto ir a una escuela primaria a leerles mis cuentos a los niños. Obviamente se canceló la visita y eso me causó pena: me gusta estar junto a los niños y ver sus caras cuando escuchan o leen un cuento.
Camino a la oficina pude constatar que mucha gente está asustada con la amenaza: las calles parecían de domingo por la mañana, casi parecían calles defeñas de semana santa.
Se percibía cierta atmósfera extraña en la gente que caminaba por las calle o iba en sus autos, parecían tener cara de susto (o será que el miedo empieza a crecer detrás de mis ojos). Pero vi o quise ver muchas señales: un joven con un cubrebocas azul; una señora que le gritaba, angustiada, al vendedor del periódico, en los papeles se leía con letras grandes la palabra “influenza”; un señor que se limpiaba la nariz con un pedazo de pañuelo y en ratos con las manos ¡con las manos! Vi que algunas personas miraban a otras con desconfianza; dos jovencitas enredadas del cuello hasta la nariz con bufandas rosas me mirarón como con reproche cuando me bajé del taxi. No supe porqué, debe ser el miedo, el mío o el de ellas. No sé.
En la oficina los compañeros tuvieron diferentes reacciones: hubo quienes llegaron y saludaron desde lejos a todos, sin el acostumbrado besito y abrazo; algunos ni siquiera ofrecieron su mano para saludar; otros hicieron caso omiso de las recomendaciones que llegan por los periódicos, la radio, la tele e internet, retaron a la suerte. Yo he tratado de evitar tocar las manijas de las puertas y, como recomiendan los de la radio y los periódicos, me lavo a cada rato las manos.
Esto es una de las consecuencias de vivir en una de las ciudades más pobladas del mundo. Por suerte, esta noche viajaré a Colima, mi estado de aire puro y luz transparente, de olas de vidas más tranquilas. A ver que le depara el destino a esta ciudad, a ver que me depara a mí esta ciudad que reencontraré el lunes.
Un abrazo virtual para todos. Esos sólo contagian esperanzas de vernos.
Por órdenes de las personas que gobiernan estos territorios se cerraron las escuelas y dicen que a lo mejor se pedirá que no vayamos a trabajar el lunes. Hoy es viernes.
Yo tenía previsto ir a una escuela primaria a leerles mis cuentos a los niños. Obviamente se canceló la visita y eso me causó pena: me gusta estar junto a los niños y ver sus caras cuando escuchan o leen un cuento.
Camino a la oficina pude constatar que mucha gente está asustada con la amenaza: las calles parecían de domingo por la mañana, casi parecían calles defeñas de semana santa.
Se percibía cierta atmósfera extraña en la gente que caminaba por las calle o iba en sus autos, parecían tener cara de susto (o será que el miedo empieza a crecer detrás de mis ojos). Pero vi o quise ver muchas señales: un joven con un cubrebocas azul; una señora que le gritaba, angustiada, al vendedor del periódico, en los papeles se leía con letras grandes la palabra “influenza”; un señor que se limpiaba la nariz con un pedazo de pañuelo y en ratos con las manos ¡con las manos! Vi que algunas personas miraban a otras con desconfianza; dos jovencitas enredadas del cuello hasta la nariz con bufandas rosas me mirarón como con reproche cuando me bajé del taxi. No supe porqué, debe ser el miedo, el mío o el de ellas. No sé.
En la oficina los compañeros tuvieron diferentes reacciones: hubo quienes llegaron y saludaron desde lejos a todos, sin el acostumbrado besito y abrazo; algunos ni siquiera ofrecieron su mano para saludar; otros hicieron caso omiso de las recomendaciones que llegan por los periódicos, la radio, la tele e internet, retaron a la suerte. Yo he tratado de evitar tocar las manijas de las puertas y, como recomiendan los de la radio y los periódicos, me lavo a cada rato las manos.
Esto es una de las consecuencias de vivir en una de las ciudades más pobladas del mundo. Por suerte, esta noche viajaré a Colima, mi estado de aire puro y luz transparente, de olas de vidas más tranquilas. A ver que le depara el destino a esta ciudad, a ver que me depara a mí esta ciudad que reencontraré el lunes.
Un abrazo virtual para todos. Esos sólo contagian esperanzas de vernos.
Wednesday, February 11, 2009
UNA ESCALERA DE VERSOS
Enrique Lepe García
enriquelepe@yahoo.com.mx
La casa de mi infancia estaba en una colina. Mi papá construyó una escalera de piedra para subir hasta ella. Pero mi madre decía que había que hacer algo más para salir del pozo de la pobreza. Mi papá no lo sabía, no lo sabe (y estas palabras impresas quieren ser una confesión), que por aquella época en que mis hermanas y yo vivíamos niños, también nos empezó a fabricar una escalera de palabras que nos sacó de ser tan pobres. La historia es ésta:
Por la vía de mi abuelo que era un gran lector nos llegaban a casa papeles de leer: una revista extraña, un documento suelto, algún libro perdido, un periódico viejo. Recuerdo que lo que llegó más de una vez a casa fue la revista extraña llamada Duda, que hablaba sobre ovnis y cosas misteriosas; el periódico viejo se llamaba Alarma! y tenía noticias de policías, ladrones y asesinatos. Esto sucedía al anochecer, con un Papá cansado del trabajo del campo o a veces ocurría los domingos, en medio de una fiesta de pobres: estar juntos y charlar y vernos y jugar. Y entonces mi papá leía con su voz de hombre y de sabio.
Él no había terminado la educación primaria, nos dijo que apenas llegó al tercer grado y entonces su forma de leer era pausada, difícil, esforzándose por hacer sonar perfecta cada letra; tropezaba con las palabras nuevas, las que casi no se usaban en casa, y las leía una vez, otra, otra vez, hasta que le salían redondas como globos y entonces sus palabras se elevaban hasta el techo de cartón de nuestra casa. Como globos, dije.
A mí me encantaba escucharlo, lo sé ahora que confieso, porque la imagen de su boca traduciendo las letras, porque su voz alargando las palabras, son todavía dos clavos mohosos pero fuertes que sostienen los recuerdos de mi infancia. Nos leía la descripción de los supuestos habitantes de un lejano planeta, nos leía alguna nota de una mujer infiel asesinada por su marido. No importaba qué leyera, su voz nos sacaba de la casa, del pueblo, de la miseria un rato. Su voz era magia.
A veces no leía en el papel, nos leía de sus recuerdos y nos decía de memoria los textos con los que había aprendido a leer en la escuela:
Este niño es un llorón.
No se baña ni se peina.
Nunca se corta las uñas,
ni usa tampoco pañuelo.
Será bueno darle un baño.
Con estas palabras su voz no tropezaba, no se detenía, eran dichas con el ritmo de su corazón y el calor de sus recuerdos. Después supe que todas estas palabras que nos leía desde el pasado eran del libro llamado “Método Onomatopéyico” de don Gregorio Torres Quintero, con el que mi padre, y miles de niños del país, aprendieron a leer (justo acabo de conseguirme una copia para tener más a mano los recuerdos).
Yo mismo aprendí de ese libro sin haberlo leído, porque la voz de mi padre lo sembró en mi memoria, la fábula de “La Zorra y las Uvas”. Déjenme traerlo de mis recuerdos para escuchar otra vez la voz de mi padre diciéndola:
Una zorra hambrienta
unas uvas vio,
y dijo. “¡Qué lindas!
¡Me las como yo!”
Y brincó a cogerlas
y otra vez brincó;
y por más que quiso,
no las alcanzó.
“¡Están verdes!”, dijo,
“¡no las como yo!,
pues morirme puedo
de la indigestión.”
Este fue el primer escalón que don Santiago, mi padre, me puso para subir al cielo de las palabras, para salir al mundo: desde entonces quise saber más de esas palabras que hacían música, de esas palabras que nomás por repetirse se oían de maravilla, de esos sonidos que, acomodados como notas musicales, hacían bonitas las palabras. Se llaman versos, supe después.
Luego me supe de la escuela en carne propia y ahí descubrí la existencia de muchos libros y busqué en ellos las palabras que hacen soñar, las que tienen música, las que dicen que vienen de los dioses, de las musas. Recuerdo, y ahora cito de memoria también porque no tengo esos libros de mi infancia, un poema del libro de cuarto grado, que me parecía triste y me hacía llorar:
La cabra suelta en el huerto
andaba comiendo alfalfa,
perejil comió después
y después ramas de salvia.
Nadie la vio, si no yo,
mi corazón la miraba,
ella seguía comiendo
flores y ramas de salvia
Nunca he sabido (y ahora que ustedes lo acaban de leer, tampoco entenderán, seguramente) porque este poema me ponía tan triste: ¿es acaso que la cabra estaba sola, porque nadie la veía? ¿o qué mi corazón la miraba? No lo sé, pero es justo en esos dos versos donde siento que el corazón se me hace un nudo y luego quiero llover.
Creo que por esa época de la cabra es cuando subí un escalón más de palabras que me llevaron a saber de la vida, de otra vida, de un mundo distinto al de mi pueblo.
Mi madre seguía con la idea de salir del pozo y ponía toda su esperanza (absolutamente toda) en la escuela: ella pensaba que subiendo grados escolares subía uno también hacia un mundo mejor. Ella no se equivoca. Y mi padre, cada día más cansado, revisaba nuestros libros de primaria, nos leía con su voz lenta y hermosa y seguía trabajando por todos.
Así llegué a la escuela secundaria, casi milagrosamente. Yo era feliz, porque seguir en la escuela significaba más libros, más palabras de música y del alma y así fue…
El maestro de Español nos explicó (nos embrujó más bien con palabras) sobre los poemas: que si había que medirlos para hacerlos cantar, que si la rima puede hacerlos que bailen, que si la metáfora era la clave oculta de los sueños; en fin. Empezó convertirnos en alquimistas de los versos. Yo hice unos donde decía lo contento que era de vivir en ese pueblo (creo que en realidad me refería a mis padres). Mi brebaje de rimas, métricas y metáforas surtió efecto en muchos compañeros de la escuela y en la gente del pueblo: me volví un niño famoso. Estaba subiendo los primeros peldaños de la escalera que mi padre empezó a construir antes de la escuela.
El mismo hechicero de Español me enseñó algunos trucos de palabras: a darle mi propia voz a los poemas de los otros, a declamar. Y entonces, desde esa escalera de versos podía sentirme diferente, mirar el mundo distinto, asomarme a otras posibilidades.
Sí. Fue la escuela. Pero especialmente los libros de texto. Fueron particularmente los libros de Español que contenían palabras para escalar, para subir los sueños, pero para trepar también sobre las realidades.
Por eso seguí el camino de salones y los libros y fue en la escuela normal, la que me hizo profesor, donde pude ver claramente esta escala: conocí a los poetas de México (Velarde me dejó temblando, Castellanos me prestó su pesimismo, y los “contemporáneos” me hicieron sonreír), a los de América (Darío me puso pensativo mucho tiempo, Cardenal encendió mi sangre, Neruda todavía me persigue) y muchos del mundo (habría que ver las cicatrices de mi alma). Sabía que podía leer. Sabía que podía seguir construyendo escalones con mis propias palabras y ascendí: hice poemas, gané concursos (y me pagaron), publiqué, intento escribir desde entonces y ese intento me hace feliz.
Hay una escalera de versos que construyó mi padre (mi mamá puso su esfuerzo discretamente) y en ella voy: desde aquí sigo viendo que hay que hacer escalinatas con las escuelas, con las palabras, con la lectura. Intento peldaños con mi voz. Mis hermanas dicen que verme subir escalones les animó a seguirme. Ahora todos somos más altos (o al menos no estamos en un pozo.
Hace tiempo que mi padre no lee, desde la secundaria yo empecé a describirle el mundo desde otra altura. Él no sabe lo que hizo con sus tardes de palabras de oro: que vivo en la capital, que escribo libros y que cambió mi vida (y la de de mis hermanas) con su hermosa escalera de palabras.
México, D.F. octubre de 2008.
enriquelepe@yahoo.com.mx
La casa de mi infancia estaba en una colina. Mi papá construyó una escalera de piedra para subir hasta ella. Pero mi madre decía que había que hacer algo más para salir del pozo de la pobreza. Mi papá no lo sabía, no lo sabe (y estas palabras impresas quieren ser una confesión), que por aquella época en que mis hermanas y yo vivíamos niños, también nos empezó a fabricar una escalera de palabras que nos sacó de ser tan pobres. La historia es ésta:
Por la vía de mi abuelo que era un gran lector nos llegaban a casa papeles de leer: una revista extraña, un documento suelto, algún libro perdido, un periódico viejo. Recuerdo que lo que llegó más de una vez a casa fue la revista extraña llamada Duda, que hablaba sobre ovnis y cosas misteriosas; el periódico viejo se llamaba Alarma! y tenía noticias de policías, ladrones y asesinatos. Esto sucedía al anochecer, con un Papá cansado del trabajo del campo o a veces ocurría los domingos, en medio de una fiesta de pobres: estar juntos y charlar y vernos y jugar. Y entonces mi papá leía con su voz de hombre y de sabio.
Él no había terminado la educación primaria, nos dijo que apenas llegó al tercer grado y entonces su forma de leer era pausada, difícil, esforzándose por hacer sonar perfecta cada letra; tropezaba con las palabras nuevas, las que casi no se usaban en casa, y las leía una vez, otra, otra vez, hasta que le salían redondas como globos y entonces sus palabras se elevaban hasta el techo de cartón de nuestra casa. Como globos, dije.
A mí me encantaba escucharlo, lo sé ahora que confieso, porque la imagen de su boca traduciendo las letras, porque su voz alargando las palabras, son todavía dos clavos mohosos pero fuertes que sostienen los recuerdos de mi infancia. Nos leía la descripción de los supuestos habitantes de un lejano planeta, nos leía alguna nota de una mujer infiel asesinada por su marido. No importaba qué leyera, su voz nos sacaba de la casa, del pueblo, de la miseria un rato. Su voz era magia.
A veces no leía en el papel, nos leía de sus recuerdos y nos decía de memoria los textos con los que había aprendido a leer en la escuela:
Este niño es un llorón.
No se baña ni se peina.
Nunca se corta las uñas,
ni usa tampoco pañuelo.
Será bueno darle un baño.
Con estas palabras su voz no tropezaba, no se detenía, eran dichas con el ritmo de su corazón y el calor de sus recuerdos. Después supe que todas estas palabras que nos leía desde el pasado eran del libro llamado “Método Onomatopéyico” de don Gregorio Torres Quintero, con el que mi padre, y miles de niños del país, aprendieron a leer (justo acabo de conseguirme una copia para tener más a mano los recuerdos).
Yo mismo aprendí de ese libro sin haberlo leído, porque la voz de mi padre lo sembró en mi memoria, la fábula de “La Zorra y las Uvas”. Déjenme traerlo de mis recuerdos para escuchar otra vez la voz de mi padre diciéndola:
Una zorra hambrienta
unas uvas vio,
y dijo. “¡Qué lindas!
¡Me las como yo!”
Y brincó a cogerlas
y otra vez brincó;
y por más que quiso,
no las alcanzó.
“¡Están verdes!”, dijo,
“¡no las como yo!,
pues morirme puedo
de la indigestión.”
Este fue el primer escalón que don Santiago, mi padre, me puso para subir al cielo de las palabras, para salir al mundo: desde entonces quise saber más de esas palabras que hacían música, de esas palabras que nomás por repetirse se oían de maravilla, de esos sonidos que, acomodados como notas musicales, hacían bonitas las palabras. Se llaman versos, supe después.
Luego me supe de la escuela en carne propia y ahí descubrí la existencia de muchos libros y busqué en ellos las palabras que hacen soñar, las que tienen música, las que dicen que vienen de los dioses, de las musas. Recuerdo, y ahora cito de memoria también porque no tengo esos libros de mi infancia, un poema del libro de cuarto grado, que me parecía triste y me hacía llorar:
La cabra suelta en el huerto
andaba comiendo alfalfa,
perejil comió después
y después ramas de salvia.
Nadie la vio, si no yo,
mi corazón la miraba,
ella seguía comiendo
flores y ramas de salvia
Nunca he sabido (y ahora que ustedes lo acaban de leer, tampoco entenderán, seguramente) porque este poema me ponía tan triste: ¿es acaso que la cabra estaba sola, porque nadie la veía? ¿o qué mi corazón la miraba? No lo sé, pero es justo en esos dos versos donde siento que el corazón se me hace un nudo y luego quiero llover.
Creo que por esa época de la cabra es cuando subí un escalón más de palabras que me llevaron a saber de la vida, de otra vida, de un mundo distinto al de mi pueblo.
Mi madre seguía con la idea de salir del pozo y ponía toda su esperanza (absolutamente toda) en la escuela: ella pensaba que subiendo grados escolares subía uno también hacia un mundo mejor. Ella no se equivoca. Y mi padre, cada día más cansado, revisaba nuestros libros de primaria, nos leía con su voz lenta y hermosa y seguía trabajando por todos.
Así llegué a la escuela secundaria, casi milagrosamente. Yo era feliz, porque seguir en la escuela significaba más libros, más palabras de música y del alma y así fue…
El maestro de Español nos explicó (nos embrujó más bien con palabras) sobre los poemas: que si había que medirlos para hacerlos cantar, que si la rima puede hacerlos que bailen, que si la metáfora era la clave oculta de los sueños; en fin. Empezó convertirnos en alquimistas de los versos. Yo hice unos donde decía lo contento que era de vivir en ese pueblo (creo que en realidad me refería a mis padres). Mi brebaje de rimas, métricas y metáforas surtió efecto en muchos compañeros de la escuela y en la gente del pueblo: me volví un niño famoso. Estaba subiendo los primeros peldaños de la escalera que mi padre empezó a construir antes de la escuela.
El mismo hechicero de Español me enseñó algunos trucos de palabras: a darle mi propia voz a los poemas de los otros, a declamar. Y entonces, desde esa escalera de versos podía sentirme diferente, mirar el mundo distinto, asomarme a otras posibilidades.
Sí. Fue la escuela. Pero especialmente los libros de texto. Fueron particularmente los libros de Español que contenían palabras para escalar, para subir los sueños, pero para trepar también sobre las realidades.
Por eso seguí el camino de salones y los libros y fue en la escuela normal, la que me hizo profesor, donde pude ver claramente esta escala: conocí a los poetas de México (Velarde me dejó temblando, Castellanos me prestó su pesimismo, y los “contemporáneos” me hicieron sonreír), a los de América (Darío me puso pensativo mucho tiempo, Cardenal encendió mi sangre, Neruda todavía me persigue) y muchos del mundo (habría que ver las cicatrices de mi alma). Sabía que podía leer. Sabía que podía seguir construyendo escalones con mis propias palabras y ascendí: hice poemas, gané concursos (y me pagaron), publiqué, intento escribir desde entonces y ese intento me hace feliz.
Hay una escalera de versos que construyó mi padre (mi mamá puso su esfuerzo discretamente) y en ella voy: desde aquí sigo viendo que hay que hacer escalinatas con las escuelas, con las palabras, con la lectura. Intento peldaños con mi voz. Mis hermanas dicen que verme subir escalones les animó a seguirme. Ahora todos somos más altos (o al menos no estamos en un pozo.
Hace tiempo que mi padre no lee, desde la secundaria yo empecé a describirle el mundo desde otra altura. Él no sabe lo que hizo con sus tardes de palabras de oro: que vivo en la capital, que escribo libros y que cambió mi vida (y la de de mis hermanas) con su hermosa escalera de palabras.
México, D.F. octubre de 2008.
Thursday, October 16, 2008
TAXISTA QUE SUEÑA (O LECCIÓN DE VIDA EN 20 MINUTOS)
Empezamos con las preguntas de siempre y (en mi caso) con las mismas respuestas:
- ¿A la chamba, jefe?
- Así es… voy a darle un ratito ¿y tú? ¿desde qué horas andas en esto?
- Hace rato empecé
- ¿Y hasta qué hora le das?
- Uuuy… hasta las 10 de la noche, al ratito me doy una hora para desayunar y una hora para comer…
- Híjole son más de doce horas…
Y así vamos un buen rato, evadiendo el tráfico de la ciudad: él rascando con sus preguntas triviales mi silencio y yo con el peso de la costumbre de hablar poco.
- ¡Ese si es un carro! –me dice de pronto, señalando con su quijada, un carro blanco a nuestro lado. Yo, que no sé nada de carros, ni siquiera distingo la marca.
Luego sigue:
- Yo me he propuesto tener un BMW, primero un carro y luego una camioneta.
Yo vuelvo a mirarlo de arriba abajo, su cabeza adornada con puntas de pelo indomable, brillantes de gel, camisa a rayas un poco raída, pantalón gris, evidentemente viejo… su cara morena, sus brazos lampiños. Él parece adivinar mi incredulidad en sus sueños y dice:
- ¿Me voy demasiado? alto ¿no?
- No, no lo creo –le digo con sinceridad- uno debe ponerse metas altas. No debe conformarse con lo que se tiene… uno debe soñar.
Y con estas palabras abro la puerta de su confesión.
- Yo siempre he luchado por lo que me propongo. Hace un año debía 26 mil pesos, me fui de vacaciones a Acapulco, con mi novia y con unos cuates; pero me propuse que al regresar chambearía duro para pagar mi deuda. En enero empecé, trabajé de día y de noche, los cuates me decían que si yo era de fierro o que si no comía…. yo no les explicaba nada; pero en junio pude pagar mi deuda. Luego me compré este vocho.
Ahora analice su taxi: todo un poco sucio, tapicería raída, donde debería estar el estéreo, un hueco con cables de muchos colores.
- Lo voy a arreglar –me dijo, como si hubiera adivinado otra vez mi pensamiento-. Le voy a comprar sus cuatro llantas nuevas, le voy a cambiar la tapicería, voy a ponerle asientos nuevos. Le voy a arreglar su motor. Pero tengo que trabajarle mucho.
Yo, turbado por haber sido sorprendido con esos pensamientos centrados sólo en las apariencias, intervine con mis ideas, mil veces repetidas, acerca del trabajo:
- Si alguien quiere triunfar en la vida debe trabajar más de ocho horas. No se vale soñar y luego esperar que los sueños se hagan realidad… sin hacer nada.
- Si, jefe, yo estoy de acuerdo con eso. Por eso digo que yo si me voy a conseguir mi BMW. Primero voy a arreglar este vocho, luego lo venderé para comprarme otro que me dé más dinero; después voy a poner un cibercafé, luego otro y así… iré creciendo para comprarme mi carro.
Yo lo seguí animando con esas ideas de que quien trabaja más de lo que le corresponde puede conseguir más; porque en realidad creo en esas cosas y con mis palabras terminaba por abrir más las puertas de su confianza.
- Yo ya hice lo mismo con un vocho como éste: lo arreglé muy bien hasta convertirlo en un carro de lujo; le puse… le cambié… le compré… (aquí van una serie de palabras, generalmente en inglés, sobre partes de carros, que en mi ignorancia sobre el tema… no pude entender ni retener).
Mis pensamientos seguían atorados en el fango de la incredulidad cuando nuevamente me dio otro golpe de conciencia:
- Aquí tengo unas fotos de cómo quedo mi vochito, el que vendí. Ahorita se las enseño-. Y sacó su celular y buscó en sus archivos y me mostró una foto de un coche que parecía de agencia: un rojo reluciente… en realidad hermoso.
Faltaban una cuantas cuadras para que yo arribara a mi destino, pero ya tenía mi mente pesada de culpa cuando me dio el golpe final:
- Yo creo que uno puede lograr sus sueños… sólo es cuestión de echarle ganas. Yo hace unos años tuve un accidente y tuvieron que amputarme una pierna; pero no me desanimé ni deje de luchar… más bien me puse a trabajar más… a darle duro… Mire:
Aprovechando uno de esos rojos interminables de los semáforos de esta ciudad, levantó su pierna izquierda, se recogió el pantalón y me mostró la piel lampiña, fría, de plástico, de una prótesis. Luego agregó:
- Ni modo. Así es la vida… pero uno debe seguir soñando.
Me bajé del taxi… emocionado por la lección. Le pagué. Le dí propina y le dije adiós.
- ¿A la chamba, jefe?
- Así es… voy a darle un ratito ¿y tú? ¿desde qué horas andas en esto?
- Hace rato empecé
- ¿Y hasta qué hora le das?
- Uuuy… hasta las 10 de la noche, al ratito me doy una hora para desayunar y una hora para comer…
- Híjole son más de doce horas…
Y así vamos un buen rato, evadiendo el tráfico de la ciudad: él rascando con sus preguntas triviales mi silencio y yo con el peso de la costumbre de hablar poco.
- ¡Ese si es un carro! –me dice de pronto, señalando con su quijada, un carro blanco a nuestro lado. Yo, que no sé nada de carros, ni siquiera distingo la marca.
Luego sigue:
- Yo me he propuesto tener un BMW, primero un carro y luego una camioneta.
Yo vuelvo a mirarlo de arriba abajo, su cabeza adornada con puntas de pelo indomable, brillantes de gel, camisa a rayas un poco raída, pantalón gris, evidentemente viejo… su cara morena, sus brazos lampiños. Él parece adivinar mi incredulidad en sus sueños y dice:
- ¿Me voy demasiado? alto ¿no?
- No, no lo creo –le digo con sinceridad- uno debe ponerse metas altas. No debe conformarse con lo que se tiene… uno debe soñar.
Y con estas palabras abro la puerta de su confesión.
- Yo siempre he luchado por lo que me propongo. Hace un año debía 26 mil pesos, me fui de vacaciones a Acapulco, con mi novia y con unos cuates; pero me propuse que al regresar chambearía duro para pagar mi deuda. En enero empecé, trabajé de día y de noche, los cuates me decían que si yo era de fierro o que si no comía…. yo no les explicaba nada; pero en junio pude pagar mi deuda. Luego me compré este vocho.
Ahora analice su taxi: todo un poco sucio, tapicería raída, donde debería estar el estéreo, un hueco con cables de muchos colores.
- Lo voy a arreglar –me dijo, como si hubiera adivinado otra vez mi pensamiento-. Le voy a comprar sus cuatro llantas nuevas, le voy a cambiar la tapicería, voy a ponerle asientos nuevos. Le voy a arreglar su motor. Pero tengo que trabajarle mucho.
Yo, turbado por haber sido sorprendido con esos pensamientos centrados sólo en las apariencias, intervine con mis ideas, mil veces repetidas, acerca del trabajo:
- Si alguien quiere triunfar en la vida debe trabajar más de ocho horas. No se vale soñar y luego esperar que los sueños se hagan realidad… sin hacer nada.
- Si, jefe, yo estoy de acuerdo con eso. Por eso digo que yo si me voy a conseguir mi BMW. Primero voy a arreglar este vocho, luego lo venderé para comprarme otro que me dé más dinero; después voy a poner un cibercafé, luego otro y así… iré creciendo para comprarme mi carro.
Yo lo seguí animando con esas ideas de que quien trabaja más de lo que le corresponde puede conseguir más; porque en realidad creo en esas cosas y con mis palabras terminaba por abrir más las puertas de su confianza.
- Yo ya hice lo mismo con un vocho como éste: lo arreglé muy bien hasta convertirlo en un carro de lujo; le puse… le cambié… le compré… (aquí van una serie de palabras, generalmente en inglés, sobre partes de carros, que en mi ignorancia sobre el tema… no pude entender ni retener).
Mis pensamientos seguían atorados en el fango de la incredulidad cuando nuevamente me dio otro golpe de conciencia:
- Aquí tengo unas fotos de cómo quedo mi vochito, el que vendí. Ahorita se las enseño-. Y sacó su celular y buscó en sus archivos y me mostró una foto de un coche que parecía de agencia: un rojo reluciente… en realidad hermoso.
Faltaban una cuantas cuadras para que yo arribara a mi destino, pero ya tenía mi mente pesada de culpa cuando me dio el golpe final:
- Yo creo que uno puede lograr sus sueños… sólo es cuestión de echarle ganas. Yo hace unos años tuve un accidente y tuvieron que amputarme una pierna; pero no me desanimé ni deje de luchar… más bien me puse a trabajar más… a darle duro… Mire:
Aprovechando uno de esos rojos interminables de los semáforos de esta ciudad, levantó su pierna izquierda, se recogió el pantalón y me mostró la piel lampiña, fría, de plástico, de una prótesis. Luego agregó:
- Ni modo. Así es la vida… pero uno debe seguir soñando.
Me bajé del taxi… emocionado por la lección. Le pagué. Le dí propina y le dije adiós.
Wednesday, April 04, 2007
OLORES DULCES
Al cuarto para la seis de la mañana sonaba triste el silbato del viejo corazón del pueblo, el ingenio de azúcar anunciaba a la gente que faltaba un cuarto de hora para que los obreros ingresaran al primer turno del día. A mí ya me había despertado mi madre desde antes del silbatazo pero yo había decidido caminar otros quince, diez, cinco, dos minutos más en el camino de los sueños.
Pero había un despertador contra el que no podía: el olor del café que mi mamá me había preparado. De la cama iba directamente a la mesa como si el olor de aquella bebida se volviera un hilo que me jalaba de la nariz.
Al pasar por el cuarto de mis hermanas alcanzaba a percibir el olor de sus profundos sueños, también se olía un poco la reciente ausencia de mi papá, pero ninguno de esos olores lograba cortar el hilo del café recién hecho que me jalaba hacia la mesa.
Después del café, que yo tomaba en piyama, pasaba a darme un baño que me dejaba las fragancias que yo ahora le llamo “de adolescencia”, luego me vestía, me despedía de mi madre, quien me perfumaba con un beso y yo salía bendecido por los aromas familiares a vivir los olores del mundo.
Nuestro pueblo nadaba en el olor pegajoso de la caña de azúcar, dulce verde de los cañaverales que rodeaban al pueblo, dulce quemado de incendios que preparaban la caña para el corte y la molienda, dulce del jugo de la caña molida, dulce del azúcar moreno que se iba acumulando en costales blancos, allá atrás de la fábrica. Yo iba por las calles de piedra de nuestro pueblo, de madrugada, nadando en los olores dulces que manaban del centro del corazón de Quesería.
Apenas había caminado siete cuadras cuando podía sentirse el más santo de todos lo olores, era un río crecido de aromas que arrastraba los malos olores de los días, una corriente que borraba tristezas y malos recuerdos, un torrente que acababa con la dulzura del olor de la caña y su camino al azúcar, un arroyo grande que no sólo me podía regresar de los sueños, sino que aún hoy, me puede traer desde la muerte y mantenerme despierto una eternidad. El olor a pan.
La fábrica de azúcar que palpitaba en el centro del pueblo era el corazón, pero el olor pan, esparcido desde tres celestes panaderías era el alma de Quesería, era el alma de nosotros. Era mi alma. Por el olor el pan, por estar cerca de él, por disfrutar sus formas distintas y sus colores varios, por llenarme de su olor el cuerpo, había aceptado ese primer trabajo de mi adolescencia: ayudante de panadero, que implicaba descender al purgatorio de madrugar cada día, pero que me permitía ascender al paraíso de las panaderías de mi pueblo.
Fue por mi amor al pan y a sus olores que entendí, como quién de golpe comprende el mundo, esa delicia de versos de Ramón López Velarde:
Tu barro suena a plata, y en tu puñosu sonora miseria es alcancía;y por las madrugadas del terruño,en calles como espejos, se vacíael santo olor de la panadería.
México, D.F. 26 de febrero de 2007.
TEXTO QUE ELABORÉ COMO TAREA EN EL TALLER DE "ESCRITURA CREATIVA" DIRIGIDO POR BERTHA HIRIART.
Pero había un despertador contra el que no podía: el olor del café que mi mamá me había preparado. De la cama iba directamente a la mesa como si el olor de aquella bebida se volviera un hilo que me jalaba de la nariz.
Al pasar por el cuarto de mis hermanas alcanzaba a percibir el olor de sus profundos sueños, también se olía un poco la reciente ausencia de mi papá, pero ninguno de esos olores lograba cortar el hilo del café recién hecho que me jalaba hacia la mesa.
Después del café, que yo tomaba en piyama, pasaba a darme un baño que me dejaba las fragancias que yo ahora le llamo “de adolescencia”, luego me vestía, me despedía de mi madre, quien me perfumaba con un beso y yo salía bendecido por los aromas familiares a vivir los olores del mundo.
Nuestro pueblo nadaba en el olor pegajoso de la caña de azúcar, dulce verde de los cañaverales que rodeaban al pueblo, dulce quemado de incendios que preparaban la caña para el corte y la molienda, dulce del jugo de la caña molida, dulce del azúcar moreno que se iba acumulando en costales blancos, allá atrás de la fábrica. Yo iba por las calles de piedra de nuestro pueblo, de madrugada, nadando en los olores dulces que manaban del centro del corazón de Quesería.
Apenas había caminado siete cuadras cuando podía sentirse el más santo de todos lo olores, era un río crecido de aromas que arrastraba los malos olores de los días, una corriente que borraba tristezas y malos recuerdos, un torrente que acababa con la dulzura del olor de la caña y su camino al azúcar, un arroyo grande que no sólo me podía regresar de los sueños, sino que aún hoy, me puede traer desde la muerte y mantenerme despierto una eternidad. El olor a pan.
La fábrica de azúcar que palpitaba en el centro del pueblo era el corazón, pero el olor pan, esparcido desde tres celestes panaderías era el alma de Quesería, era el alma de nosotros. Era mi alma. Por el olor el pan, por estar cerca de él, por disfrutar sus formas distintas y sus colores varios, por llenarme de su olor el cuerpo, había aceptado ese primer trabajo de mi adolescencia: ayudante de panadero, que implicaba descender al purgatorio de madrugar cada día, pero que me permitía ascender al paraíso de las panaderías de mi pueblo.
Fue por mi amor al pan y a sus olores que entendí, como quién de golpe comprende el mundo, esa delicia de versos de Ramón López Velarde:
Tu barro suena a plata, y en tu puñosu sonora miseria es alcancía;y por las madrugadas del terruño,en calles como espejos, se vacíael santo olor de la panadería.
México, D.F. 26 de febrero de 2007.
TEXTO QUE ELABORÉ COMO TAREA EN EL TALLER DE "ESCRITURA CREATIVA" DIRIGIDO POR BERTHA HIRIART.
DOS POEMAS PARA NIÑOS

Cielo
Qué mejor prueba
de que el mar
también es cielo
que una estrella de mar
con brillo nuevo.
Qué mejor testimonio
que la luna
acostada en el mar,
pero sin sueño,
para decir
que sí,
que el mar es cielo.
Corazón

¿El mar
es corazón
y sus latidos
olas?
¿O tenemos
un mar
en pleno
corazón?
Estos poemas forman parte del libro "PALABRAS DE ARENA Y SAL" de próxima aparición en la Editorial Trillas, México. (Ilustraciones de Ricardo Figueroa)
Thursday, May 25, 2006
MAURICIO MAGDALENO, UN ESCRITOR DE CULTO
Homenaje en Bellas Artes en los cien años de su nacimiento
El pasado domingo 14 de mayo en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes se rindió un homenaje al escritor zacatecano Mauricio Magdaleno, para conmemorar el primer centenario de su nacimiento.
Con la presencia de varios integrantes de la familia del escritor, tanto entre el público como en el escenario (Marcela Magdaleno leyó un texto y Vicente Garza Magdaleno tocó el piano), se realizó el evento que contó con la participación de los escritores Hugo Gutiérrez Vega y Juan Domingo Argüelles y con la moderación de Silvia Molina, directora del Centro Nacional de Información y Promoción de Literatura del INBA.
Los recuerdos de la nieta
La primera en participar fue la nieta del homenajeado, quien leyó un larguísimo texto en el que mezcló los recuerdos que tiene del abuelo con las descripciones de los diversos oficios que desempeñó el autor de El resplandor.
Fueron conmovedores los diálogos e imágenes que Marcela trajo de sus recuerdos:
- “Abuelito ¿qué opinas de los autores modernos?
- “Solamente escriben puras obscenidades. Mira chatita, mejor ve y tráeme un vaso de wishky con un poco de agua, pero que no se dé cuenta tu abuelita
“Lo recibía feliz, después del segundo trago sus mejillas se teñían de un rosa tenue sobre la piel pálida. De pronto se abrían las compuertas de su imaginación y hacíamos contacto:
- “Háblame de la revolución.
- “¿Cuál revolución? Nunca hubo tal, eso que vivimos fue una lucha abortada, un alarido sofocado…”
(…)
“Cuando murió me quedé en su casa, lo primero que hice fue ir a donde no debía ir: al aposento sagrado, al lugar prohibido, la biblioteca; por fin solos él y yo, el lugar de mística y magia, el único lugar donde el cuerpo arde eterno en la casa de mis abuelos…”.
(…)
“Recuerdo que en tu escritorio había una vieja agenda, consulté los datos de tus amigos, les hablé y los cité: deambulé por las colonias del Valle, Condesa, Pedregal, Narvarte; pocos quedaban vivos pero revivían historias maravillosas; a ninguno le hablé de tu muerte y todos te mandaban mensajes: Andrés Henestrosa, Pancho Limón, Fedro Guillén, Santiago Genovés, Arturo Azuela: ‘Dile que nos vemos este viernes en el Club Suizo’; ‘Si por supuesto, yo le digo’. Pero de todos ellos hubo alguien que me impactó, porque realmente vivía las páginas del Fausto de Goethe, él era Juanito, tu compañero inseparable de luz y creación: Juan Bustillo Oro…”
Rememoró también algunos pasajes que el autor de Cabellos de Elote vivió como luchador social en torno a la figura de José Vasconcelos. Marcela mostró algunos carteles y fotografías que testimonian la participación de Mauricio Magdaleno en movimientos de esa época.
Concluyó su participación con algunas frases en que expresaba su sentir sobre la ausencia del escritor y diciendo que en su obra, el autor zacatecano aún permanece vivo.
La entrevista Magdaleno-Carballo
Posteriormente tomó la palabra Juan Domingo Argüelles, quien recordó que además de los 100 años del nacimiento de Mauricio Magdaleno que se cumplieron el sábado 13 de mayo, el día 30 del próximo mes se cumplirían 20 años de su muerte, que este año se cumplirá medio siglo de Las Palabras Perdidas (relatos en que el escritor hace un recuento de algunos hechos de la historia de México durante la etapa vasconcelista), y que el próximo año se cumplirán 70 años de “su máxima novela” El resplandor, agregando con ello que hay varios motivos para conmemorar.
Argüelles leyó un texto en el que refería la entrevista que Emanuel Carballo le hizo en 1985 al autor de Cabellos de Elote. Mencionó que esta entrevista se publicó casi 10 años después en una nueva edición del libro Protagonistas de la Literatura Mexicana. Luego hizo una comparación entre la obra de Juan Rulfo y Mauricio Magdaleno: “dos escritores de parecida estirpe, de similares preocupaciones temáticas, al grado tal de quien lee El Resplandor de Magdaleno y Pedro Páramo de Rulfo, puede hallar sin esfuerzo algunas similitudes que reflejan la realidad de una revolución mexicana que se había pervertido…”
Luego leyó algunos fragmentos de la citada entrevista:
Carballo: Pedro Páramo ¿qué le parece?
Magdaleno: Buena novela, magnífica novela.
Carballo: La Comala de Rulfo se parece a San Andrés de la Cal, tierra desolada, abandonada, miserable, donde los hombres de tan pobres son sombras, muertos en vida.
Magdaleno: Juanito Rulfo me cogió para … fusilarme.
Carballo: ¿Cuándo leyó usted Pedro Páramo encontró elementos de su novelística?
Magdaleno: Los fui encontrando poco a poco, lo cual me dio mucho gusto, Juanito Rulfo es un eminente novelista.
Carballo: Que Spota lo hubiera imitado no tendría gracia, pero que Rulfo haya tomado cosas de usted es un elogio para usted y para Juan Rulfo.
Magdaleno: algunos amigos me dijeron: “tal cosa es tuya”; y yo les dije: “Hombre. Qué bueno, ojalá todo fuera mío”.
Luego, Argüelles destacó la importancia de la obra de Mauricio Magdaleno, diciendo que si este autor tan sólo hubiese escrito la novela El Resplandor y el volumen de cuentos El ardiente Verano, “bastarían estos dos libros para que figurase, con entero derecho, entre nuestros más importantes narradores”
Como cuentista, dijo, pertenece a la estirpe de Ángel de Campo “Micrós” y Rafael Delgado y como novelista “está muy emparentado con alguno de los más importantes escritores hispanoamericanos que preludian el famoso ‘boom’ de las letras en la segunda mitad del siglo XX: el colombiano José Eustasio Rivera, el venezolano Rómulo Gallegos, el peruano José María Arguedas, entre otros”.
Después hizo una reseña de la máxima novela del autor zacatecano, destacando, entre otras cosas, el valor poético de la obra, que también dijo, es una constante en algunos de sus cuentos. Se mostró de acuerdo con Emanuel Carballo al decir que “El Resplandor es una de las cuatro o cinco grandes novelas de la literatura mexicana… una novela más nueva que le periódico de hoy, totalmente vigente en cuanto estructura y estilo y en cuanto las tesis que de ella se desprenden.” También habló de la riqueza de algunos de sus cuentos, entre los que destacó, por “impactantes y sugestivos”, los siguientes: Estrellas de noviembre, Palo encebado, Teponaxtle, Leña verde, Pasos a mi espalda y Viernes santo en Ixtapalapa.
Finalmente Juan Domingo se refirió a la marginación de que, en su época fue objeto Mauricio Magdaleno y lo que el escritor opinaba al respecto: “estoy marginado y qué importa, así por lo menos los periodistas me dejan en paz, no me entrevistan”; en otra ocasión también opinó “las nuevas generaciones no me conocen, ni, por su puesto me leen, no existo para ellas”.
También decía, según Argüelles, que en México había algunos escritores y algunos grupos de intelectuales que lo menospreciaban y trayendo nuevamente la voz de Emanuel Carballo en la entrevista mencionada, leyó: “En general, don Mauricio, desconocen su obra, sin embargo han aprovechado su Resplandor” y la respuesta sarcástica de don Mauricio: “que lo aprovechen”. Sobre este mismo tema, la voz de Magadelo refiriéndose a Ángel de Campo Micrós: “está marginado y no importa si la historia nos hace justicia 50 o 100 años después de nuestra muerte”.
Luego la voz del propio Argüelles: “Ojalà que no tengan que pasar 50 o 100 años para reconocer más enfáticamente el valor precursor que tiene la obra de Mauricio Magdaleno en nuestra literatura”.
Un escritor de culto
Antes de la participación de Hugo Gutiérrez Vega, el nieto pianista interpretó algunas piezas clásicas. Luego, con su amenísima forma de charlar, el poeta inició confesándose ferviente admirador del escritor y estudioso de su obra. Luego dijo que a través del tiempo Mauricio Magdaleno se ha convertido en un escritor de culto.
Destacó también la poca importancia que en la actualidad se le da a la obra de este escritor mexicano, hizo notar que en la prensa en los días previos salieron pocas notas sobre la conmemoración de los cien años y aseguró que en los próximos días tampoco se daría mucha difusión al tema, luego agregó: “y que demonios nos importa, qué le importa a Mauricio que nos importa a nosotros, sabemos que es uno de los escritores de culto, fundamentales en la literatura mexicana y que su obra ha ejercido influencia en muchos escritores mexicanos y latinoamericanos”.
Empezó la lectura de la biografía del autor de “El ardiente verano”, destacando algunos aspectos de su vida y su personalidad. Habló de la labor de Magdaleno en el teatro, quien junto con Juan Bustillo Oro, creo un experimento de teatro político y de critica de costumbres: “tres obras fundamentales: Panuco 137, Emiliano Zapata y Trópico”.
Hugo Gutiérrez habló de la estancia de Mauricio Magdaleno en España, a donde se trasladó durante 1932 y 1933, para estudiar en la Universidad Central de Madrid; mencionó su labor en el Sol, periódico madrileño, vocero de la izquierda republicana, dirigido por Martín Luis Guzmán. Dijo que en aquel país, el cuentista y novelista se relacionó con la generación del 27 y que conoció a Lorca, Alberti, Cernuda, Dalí, Salinas, Guillén, Altolaguirre; y una vez que algunos de ellos estuvieron exiliados en México “los apoyó con todo el corazón, porque Don Magdaleno era un hombre de inagotable generosidad”.
Como un momento central en la vida del escritor homenajeado, Gutiérrez Vega destacó el año de 1943, que coincide con la llamada “Época de Oro” del cine mexicano; se refirió a la trilogía que Magadelo formó junto con el Indio Fernández y Gabriel Figueroa para hacer algunas de las más célebres películas del cine nacional.
Sobre la participación de Don Mauricio en el cine, citó a García Riera para decir que “los mejores guiones que se escribieron fueron los de Mauricio Magdaleno, en ellos están presenten sus preocupaciones sociopolíticas, además de una gran fuerza lírica y uno diálogo perfecto”. Mencionó como algunas de las mejores películas en que participó Magdaleno, las siguientes: Flor Silvestre, Islas Marías, María Candelaria, Río escondido, El compadre Mendoza, Maclovia y Pueblerina. Dijo que María Candelaria “es un poema cinematográfico”.
Gutiérrez Vega hizo una reseña de los principales valores que encuentra en las novelas del homenajeado y se detuvo en El resplandor para decir: “me puse a buscar paralelos entre El Resplandor y El Gesticulador de Usigli: hay sin duda cosas muy parecidas. Sin duda que Usigli se basó en El Resplandor para su personaje de El Gesticulador. Crítica de las promesas incumplidas de la Revolución y de abandono de las naciones indígenas”.
La intervención del poeta concluyó de esta manera: “..me ha dado mucho gusto escuchar la voz de su nieta, me ha interesado enormemente el trabajo de Juan Domingo y me ha emocionado su nieto pianista, para recordar a ese hombre polifacético, a ese artista que abarcó todos los géneros, al novelista crítico, al poeta de imágenes teatrales y cinematográficas, al hombre fiel a sus ideas y a sus puntos de vista; Magdaleno sabía que como dice el proverbio oriental: ‘la libertad comienza en mi boca’. Ahora releemos sus verdades, sus quejas, sus entusiasmos y nos asombramos ante el hombre, el político, y el artista: estos tres aspectos son inseparables, forman el lenguaje de su alma y preservan su verdad. Muchas gracias”.
El pasado domingo 14 de mayo en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes se rindió un homenaje al escritor zacatecano Mauricio Magdaleno, para conmemorar el primer centenario de su nacimiento.
Con la presencia de varios integrantes de la familia del escritor, tanto entre el público como en el escenario (Marcela Magdaleno leyó un texto y Vicente Garza Magdaleno tocó el piano), se realizó el evento que contó con la participación de los escritores Hugo Gutiérrez Vega y Juan Domingo Argüelles y con la moderación de Silvia Molina, directora del Centro Nacional de Información y Promoción de Literatura del INBA.
Los recuerdos de la nieta
La primera en participar fue la nieta del homenajeado, quien leyó un larguísimo texto en el que mezcló los recuerdos que tiene del abuelo con las descripciones de los diversos oficios que desempeñó el autor de El resplandor.
Fueron conmovedores los diálogos e imágenes que Marcela trajo de sus recuerdos:
- “Abuelito ¿qué opinas de los autores modernos?
- “Solamente escriben puras obscenidades. Mira chatita, mejor ve y tráeme un vaso de wishky con un poco de agua, pero que no se dé cuenta tu abuelita
“Lo recibía feliz, después del segundo trago sus mejillas se teñían de un rosa tenue sobre la piel pálida. De pronto se abrían las compuertas de su imaginación y hacíamos contacto:
- “Háblame de la revolución.
- “¿Cuál revolución? Nunca hubo tal, eso que vivimos fue una lucha abortada, un alarido sofocado…”
(…)
“Cuando murió me quedé en su casa, lo primero que hice fue ir a donde no debía ir: al aposento sagrado, al lugar prohibido, la biblioteca; por fin solos él y yo, el lugar de mística y magia, el único lugar donde el cuerpo arde eterno en la casa de mis abuelos…”.
(…)
“Recuerdo que en tu escritorio había una vieja agenda, consulté los datos de tus amigos, les hablé y los cité: deambulé por las colonias del Valle, Condesa, Pedregal, Narvarte; pocos quedaban vivos pero revivían historias maravillosas; a ninguno le hablé de tu muerte y todos te mandaban mensajes: Andrés Henestrosa, Pancho Limón, Fedro Guillén, Santiago Genovés, Arturo Azuela: ‘Dile que nos vemos este viernes en el Club Suizo’; ‘Si por supuesto, yo le digo’. Pero de todos ellos hubo alguien que me impactó, porque realmente vivía las páginas del Fausto de Goethe, él era Juanito, tu compañero inseparable de luz y creación: Juan Bustillo Oro…”
Rememoró también algunos pasajes que el autor de Cabellos de Elote vivió como luchador social en torno a la figura de José Vasconcelos. Marcela mostró algunos carteles y fotografías que testimonian la participación de Mauricio Magdaleno en movimientos de esa época.
Concluyó su participación con algunas frases en que expresaba su sentir sobre la ausencia del escritor y diciendo que en su obra, el autor zacatecano aún permanece vivo.
La entrevista Magdaleno-Carballo
Posteriormente tomó la palabra Juan Domingo Argüelles, quien recordó que además de los 100 años del nacimiento de Mauricio Magdaleno que se cumplieron el sábado 13 de mayo, el día 30 del próximo mes se cumplirían 20 años de su muerte, que este año se cumplirá medio siglo de Las Palabras Perdidas (relatos en que el escritor hace un recuento de algunos hechos de la historia de México durante la etapa vasconcelista), y que el próximo año se cumplirán 70 años de “su máxima novela” El resplandor, agregando con ello que hay varios motivos para conmemorar.
Argüelles leyó un texto en el que refería la entrevista que Emanuel Carballo le hizo en 1985 al autor de Cabellos de Elote. Mencionó que esta entrevista se publicó casi 10 años después en una nueva edición del libro Protagonistas de la Literatura Mexicana. Luego hizo una comparación entre la obra de Juan Rulfo y Mauricio Magdaleno: “dos escritores de parecida estirpe, de similares preocupaciones temáticas, al grado tal de quien lee El Resplandor de Magdaleno y Pedro Páramo de Rulfo, puede hallar sin esfuerzo algunas similitudes que reflejan la realidad de una revolución mexicana que se había pervertido…”
Luego leyó algunos fragmentos de la citada entrevista:
Carballo: Pedro Páramo ¿qué le parece?
Magdaleno: Buena novela, magnífica novela.
Carballo: La Comala de Rulfo se parece a San Andrés de la Cal, tierra desolada, abandonada, miserable, donde los hombres de tan pobres son sombras, muertos en vida.
Magdaleno: Juanito Rulfo me cogió para … fusilarme.
Carballo: ¿Cuándo leyó usted Pedro Páramo encontró elementos de su novelística?
Magdaleno: Los fui encontrando poco a poco, lo cual me dio mucho gusto, Juanito Rulfo es un eminente novelista.
Carballo: Que Spota lo hubiera imitado no tendría gracia, pero que Rulfo haya tomado cosas de usted es un elogio para usted y para Juan Rulfo.
Magdaleno: algunos amigos me dijeron: “tal cosa es tuya”; y yo les dije: “Hombre. Qué bueno, ojalá todo fuera mío”.
Luego, Argüelles destacó la importancia de la obra de Mauricio Magdaleno, diciendo que si este autor tan sólo hubiese escrito la novela El Resplandor y el volumen de cuentos El ardiente Verano, “bastarían estos dos libros para que figurase, con entero derecho, entre nuestros más importantes narradores”
Como cuentista, dijo, pertenece a la estirpe de Ángel de Campo “Micrós” y Rafael Delgado y como novelista “está muy emparentado con alguno de los más importantes escritores hispanoamericanos que preludian el famoso ‘boom’ de las letras en la segunda mitad del siglo XX: el colombiano José Eustasio Rivera, el venezolano Rómulo Gallegos, el peruano José María Arguedas, entre otros”.
Después hizo una reseña de la máxima novela del autor zacatecano, destacando, entre otras cosas, el valor poético de la obra, que también dijo, es una constante en algunos de sus cuentos. Se mostró de acuerdo con Emanuel Carballo al decir que “El Resplandor es una de las cuatro o cinco grandes novelas de la literatura mexicana… una novela más nueva que le periódico de hoy, totalmente vigente en cuanto estructura y estilo y en cuanto las tesis que de ella se desprenden.” También habló de la riqueza de algunos de sus cuentos, entre los que destacó, por “impactantes y sugestivos”, los siguientes: Estrellas de noviembre, Palo encebado, Teponaxtle, Leña verde, Pasos a mi espalda y Viernes santo en Ixtapalapa.
Finalmente Juan Domingo se refirió a la marginación de que, en su época fue objeto Mauricio Magdaleno y lo que el escritor opinaba al respecto: “estoy marginado y qué importa, así por lo menos los periodistas me dejan en paz, no me entrevistan”; en otra ocasión también opinó “las nuevas generaciones no me conocen, ni, por su puesto me leen, no existo para ellas”.
También decía, según Argüelles, que en México había algunos escritores y algunos grupos de intelectuales que lo menospreciaban y trayendo nuevamente la voz de Emanuel Carballo en la entrevista mencionada, leyó: “En general, don Mauricio, desconocen su obra, sin embargo han aprovechado su Resplandor” y la respuesta sarcástica de don Mauricio: “que lo aprovechen”. Sobre este mismo tema, la voz de Magadelo refiriéndose a Ángel de Campo Micrós: “está marginado y no importa si la historia nos hace justicia 50 o 100 años después de nuestra muerte”.
Luego la voz del propio Argüelles: “Ojalà que no tengan que pasar 50 o 100 años para reconocer más enfáticamente el valor precursor que tiene la obra de Mauricio Magdaleno en nuestra literatura”.
Un escritor de culto
Antes de la participación de Hugo Gutiérrez Vega, el nieto pianista interpretó algunas piezas clásicas. Luego, con su amenísima forma de charlar, el poeta inició confesándose ferviente admirador del escritor y estudioso de su obra. Luego dijo que a través del tiempo Mauricio Magdaleno se ha convertido en un escritor de culto.
Destacó también la poca importancia que en la actualidad se le da a la obra de este escritor mexicano, hizo notar que en la prensa en los días previos salieron pocas notas sobre la conmemoración de los cien años y aseguró que en los próximos días tampoco se daría mucha difusión al tema, luego agregó: “y que demonios nos importa, qué le importa a Mauricio que nos importa a nosotros, sabemos que es uno de los escritores de culto, fundamentales en la literatura mexicana y que su obra ha ejercido influencia en muchos escritores mexicanos y latinoamericanos”.
Empezó la lectura de la biografía del autor de “El ardiente verano”, destacando algunos aspectos de su vida y su personalidad. Habló de la labor de Magdaleno en el teatro, quien junto con Juan Bustillo Oro, creo un experimento de teatro político y de critica de costumbres: “tres obras fundamentales: Panuco 137, Emiliano Zapata y Trópico”.
Hugo Gutiérrez habló de la estancia de Mauricio Magdaleno en España, a donde se trasladó durante 1932 y 1933, para estudiar en la Universidad Central de Madrid; mencionó su labor en el Sol, periódico madrileño, vocero de la izquierda republicana, dirigido por Martín Luis Guzmán. Dijo que en aquel país, el cuentista y novelista se relacionó con la generación del 27 y que conoció a Lorca, Alberti, Cernuda, Dalí, Salinas, Guillén, Altolaguirre; y una vez que algunos de ellos estuvieron exiliados en México “los apoyó con todo el corazón, porque Don Magdaleno era un hombre de inagotable generosidad”.
Como un momento central en la vida del escritor homenajeado, Gutiérrez Vega destacó el año de 1943, que coincide con la llamada “Época de Oro” del cine mexicano; se refirió a la trilogía que Magadelo formó junto con el Indio Fernández y Gabriel Figueroa para hacer algunas de las más célebres películas del cine nacional.
Sobre la participación de Don Mauricio en el cine, citó a García Riera para decir que “los mejores guiones que se escribieron fueron los de Mauricio Magdaleno, en ellos están presenten sus preocupaciones sociopolíticas, además de una gran fuerza lírica y uno diálogo perfecto”. Mencionó como algunas de las mejores películas en que participó Magdaleno, las siguientes: Flor Silvestre, Islas Marías, María Candelaria, Río escondido, El compadre Mendoza, Maclovia y Pueblerina. Dijo que María Candelaria “es un poema cinematográfico”.
Gutiérrez Vega hizo una reseña de los principales valores que encuentra en las novelas del homenajeado y se detuvo en El resplandor para decir: “me puse a buscar paralelos entre El Resplandor y El Gesticulador de Usigli: hay sin duda cosas muy parecidas. Sin duda que Usigli se basó en El Resplandor para su personaje de El Gesticulador. Crítica de las promesas incumplidas de la Revolución y de abandono de las naciones indígenas”.
La intervención del poeta concluyó de esta manera: “..me ha dado mucho gusto escuchar la voz de su nieta, me ha interesado enormemente el trabajo de Juan Domingo y me ha emocionado su nieto pianista, para recordar a ese hombre polifacético, a ese artista que abarcó todos los géneros, al novelista crítico, al poeta de imágenes teatrales y cinematográficas, al hombre fiel a sus ideas y a sus puntos de vista; Magdaleno sabía que como dice el proverbio oriental: ‘la libertad comienza en mi boca’. Ahora releemos sus verdades, sus quejas, sus entusiasmos y nos asombramos ante el hombre, el político, y el artista: estos tres aspectos son inseparables, forman el lenguaje de su alma y preservan su verdad. Muchas gracias”.
Saturday, October 01, 2005
El decir y el vértigo: los poetas jóvenes de Hispanoamerica
Presentan antología de la poesía joven hispanoamericana
El decir y el vértigo: poetas nacidos entre 1965 y 1979
Enrique Lepe García
(enrilepe@yahoo.com.mx)
El pasado 11 de mayo de 2005, en la sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México fue presentada la antología “El decir y el vértigo. Panorama de la poesía hispanoamericana reciente (1965-1979)”.
El libro de poemas fue presentado por dos de sus seleccionadores, Rocío Cerón y León Plascencia Ñol (Julián Herbert, el tercer seleccionador, no estuvo); en la presentación también participaron Hernán Bravo Varela y Eduardo Milán, autores de los posfacios de la antología; se contó con la presencia, además, de Ernesto Lumbreras y Luis Felipe Fabre, dos de los poetas mexicanos incluidos en la selección.
León Plascencia Ñol contó que desde hace dos años se les ocurrió la idea de hacer una selección crítica de poemas de autores nacidos entre 1960 y 1970; refirió que para iniciar la búsqueda y selección de los trabajos a incluir decidieron dividir su universo en zonas, en las cuales se incluía a España; con el apoyo de amigos, con búsquedas en internet y contactando a poetas de Hispanoamérica lograron reunir el trabajo de 500 autores, entre los cuales finalmente no se incluyó ninguno del país ibérico.
Uno de los más importantes criterios de selección, fue el de considerar la calidad de los poemas, sin tomar en cuenta el renombre del autor ni su currículum; ocuparon los días de varios meses en leer en voz alta los textos preseleccionados, de manera que, finalmente, se quedaron con los trabajos de 58 poetas de Latinoamérica.
Para el caso de México, siendo mexicanos los antologadores, el método de selección fue diferente: incluirían sólo a aquellos autores en que coincidieran por unanimidad los tres; así, escogieron los trabajos de los siguientes poetas: Jorge Fernández Granados, José Eugenio Sánchez, Ernesto Lumbreras, Ángel Ortuño, Julio Trujillo, Luis Vicente de Aguinaga, Luigi Amara, Luis Felipe Fabre, Inti García Santamaría y Luis Eduardo García.
Plascencia Ñol comentó que le sorprendió descubrir que, a pesar de la diversidad de registros que hay entre los escritores seleccionados, existen rasgos comunes en lo que escriben. Mencionó que uno de los autores que más gratamente le causaron sorpresa fue el chileno Jaime Huenún, quien en sus poemas mezcla el español con la lengua mapuche.
A continuación, transcribo los poemas que fueron leídos en la presentación: Ernesto Lumbreras leyó un poema de Jaime Huenún, otro de la cubana Damaris Calderón y uno de su autoría; mientras que Felipe Fabre leyó tres poemas suyos.
Ceremonia del amor
Jaime Huenún
(Chile, 1967)
Los árboles anoche amáronse indios: mañío e ulmo, pellín
e hualle, tineo e lingue nudo a nudo amáronse
amantísimos, peumos
bronceáronse cortezas, coigües mucho
besáronse raíces e barbas e renuevos, hasta el amor despertar
de las aves ya arrulladas
por las plumas de sus propios
mesmos amores trinantes.
Mesmamente los mugrones huincas
entierráronse amantes, e las aguas
cholas abrieron sus vertientes alumbrando, a sorbos
nombrándose a solas e diciéndose: aguas buenas, aguas
lindas, ay pero violadas somos aguas Rahue,
plorosas Pilmaiquén, floridas e parteras e aún felices
los arroyos que atraviesan como liebres
los montes e los cerros.
E torcazos el mesmo amor pronto ayuntáronse,
los Inallao manantiales
verdes, , las Huaiquipán bravías
mieles, los Llanquilef veloces
ojos, los Relequeo pechos
zorzales, las Huilitraro quillay
pelos tordos, los Paillamanque
raulíes nuevos.
Huilliche amor, anoche amaron más
a plena chola arboladura, a granado
cielo indio perpetuo amáronse, amontañados
como aguas potras e como anchimallén encendidos, al alaba
oloroso amáronse,
endulzándose el germen
lo mesmo que vasijas repletas de muday.
Cementerio de Colón/Spoon River
Damaris Calderón
(Cuba, 1967)
¿Con qué lengua
repleta
de mudez
vas a nombrar
(si nombras)
tu ciudad,
las ciudades?
Tres veces te negué,
Spoon River, Matanzas
de mi nacimiento.
Intenté elevarme sobre ti,
me avergoncé
aguas
del San Juan provinciano.
Tres
veces
(en tristeza de múltiplo).
Dura como la roca
contra los arrecifes.
A la sombra
de los jagüeyes
(no ceibas) Lorenzo
García Vega
vuelve
amarrado a otras bestias.
Spoon River/Jagüey
pequeño,
miserable,
irradia
cierta luz
por el manchón blancuzco
desleído .
Un hombre sólo
(un viejo)
alumbra más
que el tendido eléctrico,
es más oscuro
que una boca de lobo.
La fiera de Wittgenstein,
de Dios,
escribe
–ara-
el mismo surco
(bustrofedón dustrofedón)
de derecha a izquierda
de izquierda a derecha
siempre
en sentido contrario.
Lorenzo
García Vega
(el muerto
más grande del pueblo)
vuelve
(regresa)
–sin aspavientos-
en un carrito de supermercado
tirado por Gombrowicz
y la noche.
Y
Ando a tropezones
(como) un ciego
toco madera
(bulto):
mi casa.
Tres:
son los deseos
de las aguas
(albañales).
Tres:
el instrumento
musical
de la negación.
Raquel
(mi madre)
va por agua
sin piedra de fundamento.
Quemo
todo lo que no tengo
(guásima, palma,
pabellón
de oro).
Hay que coser (Kozer)
el paño del país
(lienzo de la Verónica),
remiendo.
Cuatro yardas de tierra
y los dedos
salientes
de los muertos,
Edgar Lee Masters.
En este pueblo
sin una historia sórdida
no me construiré una lápida
ni el epitafio
que patentice mi mortalidad.
No.
Ni un solo chiste para mi propia mueca.
Cuatro yardas de tierra
y esos dedos salientes
entre la hilaridad del césped,
Edgar Lee Masters.
Esos dedos salientes
(los cortamos)
demasiados pesados
para cargarlos
en un ataúd.
Bosta
que no llorarán
ni
los caballos de Aquiles.
Cal de los huesos
Cal de las paredes
intestinos,
esófagos apetecibles
redondos y pulidos
con una glacialidad
desconocida en el trópico.
Y cuando les abrimos
el pecho con una sierra
apareció la madera
con que el campesino construyó su casa.
Cal de los huesos
Cal de las paredes
Nos comimos el ave de la salutación.
Tus mínimas pisadas:
fruto y gusano.
Pájaro cuervo grajo
vuela negro en lo efímero.
manchón blanco
la música
paletada de
rojos sienas invaden
la música
ojos bocas narices
paletada de
oídos obstruidos
la música
sol corpópreo
esqueleto
que
brán
do
se
la música
manchón verde
sonido
floresta
paletada de
la música
en la herida la espiga
terrón
música
paletada.
Ser la brizna de hierba
que una mano se lleve
a la boca.
Reunión de violonchelos
Ernesto Lumbreras
(México, 1966)
Copular y llover me recuerdan la noche blanca de un sauce. No siempre fue así. Antes poseía un deseo de piedras fósiles cuando la eyaculación (ojos de hormiga) anunciaba para mí una flama de alcohol. Ahora el culo de Helena (una alusión más festiva del cielo) me turba con su fuelle: espiral de pe-tirrojo / grifo sin vocación. Ahora la penetro dormida con una lumbre de rosas. Ahora la penetro despierta con un aguacero. No siempre fue así. Copular y llover, en un tiempo lejano, no alumbraban recuerdos de una noche blanca en ningún sauce.
Un caballo bebe luz a la orilla del cielo. Toma la sed con cautela de sapo entre nenúfares. En sus ojos, el otoño trama un molino de agua. A todos les pediré no asustarlo con monturas y espuelas. Un caballo que bebe nubarrones sólo reclama nuestra mirada.
Un gusto de castores en su fuente aturde mi corazón. Pensé en belfos de diablo cuando sobre un campo amarillo, el cielo dejaba fluir una leve parvada. Mi emoción, una ausencia de sal en la noche, contuvo sus labores de riego.
¿Qué espuma beber entonces, como semilla de cópula, leal a las constelaciones de un sauce? Habrá una aurora de frutos amargos para saberlo.
Mandala
Luis Felipe Fabre
(México, 1974)
Piedras ensismismadas como piedras:
eso dicen los que dicen
haberlas visto. Y los que vieron
a Jesús caminar sobre el agua dicen que Jesús
caminó sobre el agua. Pero
qué certeras son las piedras al hundirse.
III
(Códice Ximohuayan)
Los muertos:
los señores de la garganta seca,
los artesanos del callar, los forjadores de silencios.
Pictoglifo de los forjadores de silencios:
una voluta desdibujándose en la pintura: palabra descarnada:
nada
queda o casi: diríase
pedacito de vasija, astilla de obsidiana, orejera entera pero impar.
Algunas palabras descarnadas: Tecayehuatzin, Cacamatzin,
Tlatecatzin, Ayocuan Cuetzpaltzin, Temilotzin,
Xicoténcatl el Viejo.
Veáse
León Portilla, Miguel,
Trece poetas del mundo azteca, UNAM, México, 1967.
Veáse
en el oleaje de la hierba lo invisible: el viento.
Canción ranchera
Le llaman el Anticharro: el Mariachi del Apocalipsis:
tiene pacto con el diablo, nexos con el narco
y un chayote medianito en vez de corazón:
ay, en vez de corazón
un chayote espinoso que palpita: desalmado
pero plañidero: el Anticharro
colma
de vacío las botellas: bebe
tanto que sus ojos destilan
lágrimas de tequila: orina sublimada: ¡salud!
Un maguey y luego otro maguey y luego nada: paisaje
desolado: tal es el Anticharro: un cuerpo en pena
aullando el fin de un mundo: un cuerpo y luego
una ausencia: estrella negra:
ay, estrella negra.
Ay: así se lamenta
el muy jijo de la Llorona: así se la mentan:
ayayayayay: el coro de los borrachos.
México, D.F., 14 de mayo de 2005.
El decir y el vértigo: poetas nacidos entre 1965 y 1979
Enrique Lepe García
(enrilepe@yahoo.com.mx)
El pasado 11 de mayo de 2005, en la sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México fue presentada la antología “El decir y el vértigo. Panorama de la poesía hispanoamericana reciente (1965-1979)”.
El libro de poemas fue presentado por dos de sus seleccionadores, Rocío Cerón y León Plascencia Ñol (Julián Herbert, el tercer seleccionador, no estuvo); en la presentación también participaron Hernán Bravo Varela y Eduardo Milán, autores de los posfacios de la antología; se contó con la presencia, además, de Ernesto Lumbreras y Luis Felipe Fabre, dos de los poetas mexicanos incluidos en la selección.
León Plascencia Ñol contó que desde hace dos años se les ocurrió la idea de hacer una selección crítica de poemas de autores nacidos entre 1960 y 1970; refirió que para iniciar la búsqueda y selección de los trabajos a incluir decidieron dividir su universo en zonas, en las cuales se incluía a España; con el apoyo de amigos, con búsquedas en internet y contactando a poetas de Hispanoamérica lograron reunir el trabajo de 500 autores, entre los cuales finalmente no se incluyó ninguno del país ibérico.
Uno de los más importantes criterios de selección, fue el de considerar la calidad de los poemas, sin tomar en cuenta el renombre del autor ni su currículum; ocuparon los días de varios meses en leer en voz alta los textos preseleccionados, de manera que, finalmente, se quedaron con los trabajos de 58 poetas de Latinoamérica.
Para el caso de México, siendo mexicanos los antologadores, el método de selección fue diferente: incluirían sólo a aquellos autores en que coincidieran por unanimidad los tres; así, escogieron los trabajos de los siguientes poetas: Jorge Fernández Granados, José Eugenio Sánchez, Ernesto Lumbreras, Ángel Ortuño, Julio Trujillo, Luis Vicente de Aguinaga, Luigi Amara, Luis Felipe Fabre, Inti García Santamaría y Luis Eduardo García.
Plascencia Ñol comentó que le sorprendió descubrir que, a pesar de la diversidad de registros que hay entre los escritores seleccionados, existen rasgos comunes en lo que escriben. Mencionó que uno de los autores que más gratamente le causaron sorpresa fue el chileno Jaime Huenún, quien en sus poemas mezcla el español con la lengua mapuche.
A continuación, transcribo los poemas que fueron leídos en la presentación: Ernesto Lumbreras leyó un poema de Jaime Huenún, otro de la cubana Damaris Calderón y uno de su autoría; mientras que Felipe Fabre leyó tres poemas suyos.
Ceremonia del amor
Jaime Huenún
(Chile, 1967)
Los árboles anoche amáronse indios: mañío e ulmo, pellín
e hualle, tineo e lingue nudo a nudo amáronse
amantísimos, peumos
bronceáronse cortezas, coigües mucho
besáronse raíces e barbas e renuevos, hasta el amor despertar
de las aves ya arrulladas
por las plumas de sus propios
mesmos amores trinantes.
Mesmamente los mugrones huincas
entierráronse amantes, e las aguas
cholas abrieron sus vertientes alumbrando, a sorbos
nombrándose a solas e diciéndose: aguas buenas, aguas
lindas, ay pero violadas somos aguas Rahue,
plorosas Pilmaiquén, floridas e parteras e aún felices
los arroyos que atraviesan como liebres
los montes e los cerros.
E torcazos el mesmo amor pronto ayuntáronse,
los Inallao manantiales
verdes, , las Huaiquipán bravías
mieles, los Llanquilef veloces
ojos, los Relequeo pechos
zorzales, las Huilitraro quillay
pelos tordos, los Paillamanque
raulíes nuevos.
Huilliche amor, anoche amaron más
a plena chola arboladura, a granado
cielo indio perpetuo amáronse, amontañados
como aguas potras e como anchimallén encendidos, al alaba
oloroso amáronse,
endulzándose el germen
lo mesmo que vasijas repletas de muday.
Cementerio de Colón/Spoon River
Damaris Calderón
(Cuba, 1967)
¿Con qué lengua
repleta
de mudez
vas a nombrar
(si nombras)
tu ciudad,
las ciudades?
Tres veces te negué,
Spoon River, Matanzas
de mi nacimiento.
Intenté elevarme sobre ti,
me avergoncé
aguas
del San Juan provinciano.
Tres
veces
(en tristeza de múltiplo).
Dura como la roca
contra los arrecifes.
A la sombra
de los jagüeyes
(no ceibas) Lorenzo
García Vega
vuelve
amarrado a otras bestias.
Spoon River/Jagüey
pequeño,
miserable,
irradia
cierta luz
por el manchón blancuzco
desleído .
Un hombre sólo
(un viejo)
alumbra más
que el tendido eléctrico,
es más oscuro
que una boca de lobo.
La fiera de Wittgenstein,
de Dios,
escribe
–ara-
el mismo surco
(bustrofedón dustrofedón)
de derecha a izquierda
de izquierda a derecha
siempre
en sentido contrario.
Lorenzo
García Vega
(el muerto
más grande del pueblo)
vuelve
(regresa)
–sin aspavientos-
en un carrito de supermercado
tirado por Gombrowicz
y la noche.
Y
Ando a tropezones
(como) un ciego
toco madera
(bulto):
mi casa.
Tres:
son los deseos
de las aguas
(albañales).
Tres:
el instrumento
musical
de la negación.
Raquel
(mi madre)
va por agua
sin piedra de fundamento.
Quemo
todo lo que no tengo
(guásima, palma,
pabellón
de oro).
Hay que coser (Kozer)
el paño del país
(lienzo de la Verónica),
remiendo.
Cuatro yardas de tierra
y los dedos
salientes
de los muertos,
Edgar Lee Masters.
En este pueblo
sin una historia sórdida
no me construiré una lápida
ni el epitafio
que patentice mi mortalidad.
No.
Ni un solo chiste para mi propia mueca.
Cuatro yardas de tierra
y esos dedos salientes
entre la hilaridad del césped,
Edgar Lee Masters.
Esos dedos salientes
(los cortamos)
demasiados pesados
para cargarlos
en un ataúd.
Bosta
que no llorarán
ni
los caballos de Aquiles.
Cal de los huesos
Cal de las paredes
intestinos,
esófagos apetecibles
redondos y pulidos
con una glacialidad
desconocida en el trópico.
Y cuando les abrimos
el pecho con una sierra
apareció la madera
con que el campesino construyó su casa.
Cal de los huesos
Cal de las paredes
Nos comimos el ave de la salutación.
Tus mínimas pisadas:
fruto y gusano.
Pájaro cuervo grajo
vuela negro en lo efímero.
manchón blanco
la música
paletada de
rojos sienas invaden
la música
ojos bocas narices
paletada de
oídos obstruidos
la música
sol corpópreo
esqueleto
que
brán
do
se
la música
manchón verde
sonido
floresta
paletada de
la música
en la herida la espiga
terrón
música
paletada.
Ser la brizna de hierba
que una mano se lleve
a la boca.
Reunión de violonchelos
Ernesto Lumbreras
(México, 1966)
Copular y llover me recuerdan la noche blanca de un sauce. No siempre fue así. Antes poseía un deseo de piedras fósiles cuando la eyaculación (ojos de hormiga) anunciaba para mí una flama de alcohol. Ahora el culo de Helena (una alusión más festiva del cielo) me turba con su fuelle: espiral de pe-tirrojo / grifo sin vocación. Ahora la penetro dormida con una lumbre de rosas. Ahora la penetro despierta con un aguacero. No siempre fue así. Copular y llover, en un tiempo lejano, no alumbraban recuerdos de una noche blanca en ningún sauce.
Un caballo bebe luz a la orilla del cielo. Toma la sed con cautela de sapo entre nenúfares. En sus ojos, el otoño trama un molino de agua. A todos les pediré no asustarlo con monturas y espuelas. Un caballo que bebe nubarrones sólo reclama nuestra mirada.
Un gusto de castores en su fuente aturde mi corazón. Pensé en belfos de diablo cuando sobre un campo amarillo, el cielo dejaba fluir una leve parvada. Mi emoción, una ausencia de sal en la noche, contuvo sus labores de riego.
¿Qué espuma beber entonces, como semilla de cópula, leal a las constelaciones de un sauce? Habrá una aurora de frutos amargos para saberlo.
Mandala
Luis Felipe Fabre
(México, 1974)
Piedras ensismismadas como piedras:
eso dicen los que dicen
haberlas visto. Y los que vieron
a Jesús caminar sobre el agua dicen que Jesús
caminó sobre el agua. Pero
qué certeras son las piedras al hundirse.
III
(Códice Ximohuayan)
Los muertos:
los señores de la garganta seca,
los artesanos del callar, los forjadores de silencios.
Pictoglifo de los forjadores de silencios:
una voluta desdibujándose en la pintura: palabra descarnada:
nada
queda o casi: diríase
pedacito de vasija, astilla de obsidiana, orejera entera pero impar.
Algunas palabras descarnadas: Tecayehuatzin, Cacamatzin,
Tlatecatzin, Ayocuan Cuetzpaltzin, Temilotzin,
Xicoténcatl el Viejo.
Veáse
León Portilla, Miguel,
Trece poetas del mundo azteca, UNAM, México, 1967.
Veáse
en el oleaje de la hierba lo invisible: el viento.
Canción ranchera
Le llaman el Anticharro: el Mariachi del Apocalipsis:
tiene pacto con el diablo, nexos con el narco
y un chayote medianito en vez de corazón:
ay, en vez de corazón
un chayote espinoso que palpita: desalmado
pero plañidero: el Anticharro
colma
de vacío las botellas: bebe
tanto que sus ojos destilan
lágrimas de tequila: orina sublimada: ¡salud!
Un maguey y luego otro maguey y luego nada: paisaje
desolado: tal es el Anticharro: un cuerpo en pena
aullando el fin de un mundo: un cuerpo y luego
una ausencia: estrella negra:
ay, estrella negra.
Ay: así se lamenta
el muy jijo de la Llorona: así se la mentan:
ayayayayay: el coro de los borrachos.
México, D.F., 14 de mayo de 2005.
Sunday, January 30, 2005
CUESTIÓN DE MANOS
Calle Miguel Laurent, esquina con Tres Zapotes. Ocho cuarenta y cinco de la mañana; tengo sólo 15 minutos para llegar a la oficina. Hago la señal a un taxi. Se detiene:
-Buenos días jefe, ¿a la chamba?
-Sí señor ¿y usted? ¿Va empezando a ya va de salida?
-Voy empezando. Apenas el sábado salí del hospital.
-¿A sí? ¿De qué estaba enfermo? ¿tuvo algún accidente?
-La verdad, jefe, es que acabo de salir del reclusorio, nomás que me da pena y entonces digo que estaba hospitalizado.
- Y luego? ¿por qué lo encarcelaron?
- iré, yo veía a mi mujer algo sospechosa, y un día al llegar de trabajar no la encontré en la casa. Entonces salí a buscarla, y en la esquina de nuestra calle ví que estaba despidiéndose de beso de un chavo. Yo me mantuve tranquilo y cuando llegué a la casa le pregunté si ya no me quería y que si quería andar con otro me lo dijera. Eso fue todo, le dije buena noche y me fui a dormir. Ella se salió a la calle y al poco rato regresó con dos agentes de la policía ¿usted cree? Venía toda golpeada y simplemente me señaló con el dedo.
- Qué barbaridad!
-Mire mis manos, jefe, mírelas. El moretón que ella traía en la cara era así de grande. Usted cree que yo voy a poder dejar un moretón así, con estas manos. El que la golpeó fue el otro, pero me echó la culpa a mí. Pero ni modo, en este país no hay justicia, y me dieron ocho meses ¿Cómo ve?
-No, pues muy mal.
-Nombre y la cárcel es un infierno. Si tienes más de cuarenta años eres tío, y los más jóvenes y fuertes te hacen lo que quieren: que, dame tus zapatos, que consígueme un cigarro, que págame la renta. Tienes que pagar por todo. ¿Sabe cuánto me querían cobrar por la protección? Dos mil pesos. Nombre. Allí me topé con el Aurex, es muy poderoso ahí en el reclusorio. Un día me lo encontré y me dice: Hey tú, límpiame los zapatos. Nombre, así como me ve chiquito no me le dejé. No mi jefe, yo también soy gente de barrio bravo y sé cómo tratar a esos compas. Pero ahora ya estoy afuera, me costó mucho trabajo que el dueño del taxi confiara en mí. Pero mire, si yo fuera gacho ya me hubiera robado este estéreo ¿no cree? Pero quiero reformarme. Ya hasta la otra quiere volver conmigo, pero yo no le hago caso. Un día me la encontré en la calle y le dije: ten este dinero para mis hijas, no porque no esté contigo me voy a desentender de ellas. Y ya no la he vuelto a ver aunque ella me ande buscando.
-Pasando la esquina, por favor, donde esta el edificio grande ¿cuánto le debo?
-30 pesos, jefe.
Debí pagar menos, sin embargo no dije nada más ante el hombrecito ¿Cuánto medía? ¿Uno cuarenta y cinco?, quizás uno cincuenta. Mientras me daba el cambio volví a mirar sus manos pequeñas, incapaces de hacer un moretón en la mejilla de una mujer, pero suficientes para defender su dignidad en la cárcel.
-Buenos días jefe, ¿a la chamba?
-Sí señor ¿y usted? ¿Va empezando a ya va de salida?
-Voy empezando. Apenas el sábado salí del hospital.
-¿A sí? ¿De qué estaba enfermo? ¿tuvo algún accidente?
-La verdad, jefe, es que acabo de salir del reclusorio, nomás que me da pena y entonces digo que estaba hospitalizado.
- Y luego? ¿por qué lo encarcelaron?
- iré, yo veía a mi mujer algo sospechosa, y un día al llegar de trabajar no la encontré en la casa. Entonces salí a buscarla, y en la esquina de nuestra calle ví que estaba despidiéndose de beso de un chavo. Yo me mantuve tranquilo y cuando llegué a la casa le pregunté si ya no me quería y que si quería andar con otro me lo dijera. Eso fue todo, le dije buena noche y me fui a dormir. Ella se salió a la calle y al poco rato regresó con dos agentes de la policía ¿usted cree? Venía toda golpeada y simplemente me señaló con el dedo.
- Qué barbaridad!
-Mire mis manos, jefe, mírelas. El moretón que ella traía en la cara era así de grande. Usted cree que yo voy a poder dejar un moretón así, con estas manos. El que la golpeó fue el otro, pero me echó la culpa a mí. Pero ni modo, en este país no hay justicia, y me dieron ocho meses ¿Cómo ve?
-No, pues muy mal.
-Nombre y la cárcel es un infierno. Si tienes más de cuarenta años eres tío, y los más jóvenes y fuertes te hacen lo que quieren: que, dame tus zapatos, que consígueme un cigarro, que págame la renta. Tienes que pagar por todo. ¿Sabe cuánto me querían cobrar por la protección? Dos mil pesos. Nombre. Allí me topé con el Aurex, es muy poderoso ahí en el reclusorio. Un día me lo encontré y me dice: Hey tú, límpiame los zapatos. Nombre, así como me ve chiquito no me le dejé. No mi jefe, yo también soy gente de barrio bravo y sé cómo tratar a esos compas. Pero ahora ya estoy afuera, me costó mucho trabajo que el dueño del taxi confiara en mí. Pero mire, si yo fuera gacho ya me hubiera robado este estéreo ¿no cree? Pero quiero reformarme. Ya hasta la otra quiere volver conmigo, pero yo no le hago caso. Un día me la encontré en la calle y le dije: ten este dinero para mis hijas, no porque no esté contigo me voy a desentender de ellas. Y ya no la he vuelto a ver aunque ella me ande buscando.
-Pasando la esquina, por favor, donde esta el edificio grande ¿cuánto le debo?
-30 pesos, jefe.
Debí pagar menos, sin embargo no dije nada más ante el hombrecito ¿Cuánto medía? ¿Uno cuarenta y cinco?, quizás uno cincuenta. Mientras me daba el cambio volví a mirar sus manos pequeñas, incapaces de hacer un moretón en la mejilla de una mujer, pero suficientes para defender su dignidad en la cárcel.
Monday, November 15, 2004
LOS QUE CRUZAN MÁS DE TRES FRONTERAS
De Nicaragua al DF
Nicaragua me quedaba distante y en la vida sólo sabía de un nicaragüense, Rubén Darío.
Francisco y Melvin entraron en mi vida, más bien dicho, en mi casa, el 15 de mayo de 2004. Venían de Nicaragua después de un mes de viaje: largas caminatas de noches frías y mediodías calcinantes, travesías en trenes de carga, que de noche se vuelven terribles como un horno y de noche, insoportables como frigoríficos. Camiones, autobuses, taxis… Los habían asaltado en cuatro ocasiones, tenían tres días sin comer y ningún peso en los bolsillos.
Rosa, la hermana de mi amigo Raúl apeló a mi sentido humano y me pidió que le hiciera el favor de recibir en mi casa a Melvin y Francisco, sus cuñados. Me llamó desde Los Ángeles California para decirme que los muchachos… desde hace un mes… cuatro asaltos… tres días sin comer… viene para acá… no tiene dinero… y que si por favor les pagaba el taxi. Ella buscaría la manera de reponerme los gastos.
Rosa es la hermana de mi mejor amigo, Raúl, y por este hombre que me ha dado una de los afectos más sólidos de mi vida fue que se me acabó de remover la compasión.
Salí a la calle para recibirlos: uno delgado, delgadísimo, moreno, rostro afilado, serio, con esa timidez extrema que hace tener la vista siempre recorriendo el suelo. El otro fornido, casi gordo, piel más clara, risa de dientes parejos, menos tímido, más seguro de sí. Me costó trabajo acostumbrarme a su acento.
Los invité a comer al mercado. Les ofrecí mi casa: se bañaron, charlaron un poco conmigo, los puse en contacto con Rosa y el esposo de Rosa, o sea, el hermano de ellos. Quedamos de acuerdo: les mandarían algunos dólares por medio de una de esas empresas en que el dinero llega casi al instante; a mi nombre, por supuesto. Que yo les hiciera el favor de recoger los pesos que fueron dólares, les comprara un boleto a Tijuana, los llevará a la Central de Autobuses y que me cobrara por las molestias ocasionadas.
El dinero llegó hasta el tercer día. Mientras, escuché varias historias de humillación y vergüenza que me encendieron la indignación: un hombre que deja a su mujer, a sus tres hijos y una vida de miseria que no da para más, decide atravesar varios países para encontrar un empleo en el que su esfuerzo sea mejor remunerado. Varios muchachos que echan mano del arrojo de su juventud para buscar en otro país un futuro menos deprimente. Mujeres que se rebelan su condición de amas de casa y a su destino doméstico y se ponen pantalones y valor y se van también en trenes y caminos con rumbo al norte.
De la desesperación a la esperanza
Por estos errantes de la América Central supe que si los de la migra te persiguen mientras tiran de balazos es sólo por asustarte “porque ser migrante no es delito”. Que si te amenazan y te ponen el cañón frente al corazón o en la sien y te dicen “hasta aquí llegaste” es sólo por sacarte un susto y unos cuantos billetes. Que si te catean la ropa, el cuerpo y tus partes íntimas es porque buscan droga… “porque eso sí es delito”.
Por estos muchachos buscadores sueños supe que llegar a la frontera de los Estados Unidos no es cuestión de dinero sino cuestión de sufrimiento y suerte; “porque no tiene caso llevar dinero para que luego te lo quite la migra… lo único que se necesita es un poco para comprar comida en los poblados en que el tren o el autobús se detiene…”
Aprendí , con estos muchachos armados de decisión, a doblar billetes de cincuenta y cien pesos en su mínima expresión, a envolverlos en plástico para podértelos echar a la boca en caso de que te agarre la ley y quiera exprimirte tu capital de viaje. Me explicaron también que es mejor llevar tenis ligeros para poder correr y un pantalón que te permita los saltos para poder escapar entre los matorrales.
Me dijeron que era conveniente llevar dos cambios de ropa nadamás, uno sucio y otro limpio, el sucio para poder acostarte en el piso mugroso del tren o en la tierra bajo un árbol y dormir un poco; el limpio para, en caso de que se detenga el tren, el autobús, salir al pueblo más cercano a buscar comida y que no sospechen de tu mugre.
Comentaron que es mejor llevar una chamarra gruesa para cuando viajes en tren y te toque la guardia encima del techo para ir vigilando; que en estos casos es mejor amarrarte, no vaya a hacer que en un movimiento brusco o en un cabeceo, el tren te tire en medio de la selva o del desierto.
Dicen que la migra de México “es más perra” que la de Estados Unidos, que si el gobierno mexicano permitiera el libre tránsito de los centroamericanos “los policías de acá seguirían persiguiendo y golpeando a los migrantes porque es su negocio y además les gusta”
Supe, por boca de estos esperanzados, que de la frontera sur salen cientos (“como quinientos”) y de ellos sólo llegan diez. Que la gente que conoce su destino de ilegales se niega a ayudarles por el riesgo de que la policía los acuse de polleros y les eche un montón de años de cárcel.
Del DF hasta Sinaloa, nomás.
Con el dinero que nos dieron por aquellos dólares que nunca vimos compramos dos boletos para Tijuana, el dinero que sobró lo repartí en dos partes iguales para los hermanos. Hubiera sido un asalto quedarme con la parte que me correspondía “por las molestias ocasionadas”, según dijo el hermano del norte.
Tomé una de mis mochilas, le puse unas manzanas, galletas, papel higiénico, y unas pastillas para el dolor de panza; le di una de mis chamarras a Francisco y por poco me animaba también a echarles la bendición.
También les eché unas palabras de aliento: “en un par de meses iré a Los Ángeles a visitar a mi amigo Raúl ¿eh? Allá quiero verlos. Voy a ir a cobrarles todo lo que me deben. Espero que me inviten a cenar”.
Me dijeron adiós desde la puerta del autobús el día 18 de mayo de 2004 a las seis de la tarde. Yo me regresé a casa saboreando mi más buena acción de los últimos años.
Luego supe que en Culiacán los hicieron descender del carro, junto con los demás pasajeros, les pidieron identificaciones. Que Melvin trató de imitar el acento chilango para engañar a la policía, mientras Francisco se desternillaba de risa ante la imitación graciosa y fallida de su hermano. Que los regresaron a Centroamérica, que Melvin decidió regresar con su mujer y sus hijos, resignado a su vida de miseria y que Francisco decidió quedarse en Guatemala a trabajar de mesero y a esperar que le creciera nuevamente la esperanza.
De ida y de vuelta
El día 13 de octubre llegué a mi casa a las nueve de la noche. Don Julio, el guardia que vigila nuestro edificio me dijo “Aquí lo está esperando su amigo”. De la casetita de vigilancia vi asomarse la cara de Francisco, el nicaragüense que entró en mi casa y en esta historia el 15 de mayo, el día del maestro.
Pensé que no te volvería a ver nunca, le dije. Yo tampoco, contestó. Pásale y cuéntame. No quería molestarlo, me dijo, pero hace cuatro días que estoy aquí por Lechería; sin comer, no tengo dinero y me acordé de usted, perdóneme. No te preocupes, ven, vamos a comer.
Y me contó que esta vez había decido viajar en tren, que era más seguro, que un primo suyo había llegado de esta manera hasta la frontera norte y que recomendaba ampliamente el procedimiento. Que era cuestión de ponerse por donde había unas vías, esperar al gusano de hierro, correr tras él, abordarlo en movimiento y seguir hasta no sabemos qué destino.
Van muchos en el tren y unos vigilan sobre el techo para ver cuando se vaya a detener, entonces, si se detiene, hay que correr a esconderse y si es en un pueblo hay que arriesgarse a ir a buscar comida y estar listo para que el tren no se vaya sin ti.
Entre nosotros hay mucha ayuda, si ya no tienes comida otros compañeros de viaje te pueden dar; al fin que cuando tu tengas les puedes dar a los demás. Todos somos hermanos del mismo destino, somos de Centroamérica y vamos con rumbo a la tierra de sueños.
Una vez que me puso al tanto de su segundo intento, hablamos a Los Ángeles, los de allá se deshicieron en agradecimientos y me explicaron el procedimiento: dólares a mi nombre, yo se los doy a Francisco, el se compra zapatos, ropa, comida y se va a abordar el tren de la incertidumbre que tiene un largo y lejano destino hacia la esperanza.
Desde aquí hasta no verte
Oiga maestro, ¿y cómo sabe que el muchacho está bien o está mal? Me preguntó el guardia que me ayudó a rescatar la última vez al nicaragüense pescador de sueños. No lo sé don Julio, no lo sé. No sé si Francisco, veinte años, nacido en Matagalapa, borracho de esperanza, vive o muere. No sé si quince días después de que se fue a buscar su tren haya llegado a la frontera, a Los Ángeles, o al punto de partida: Honduras o Nicaragua. No sé si este joven aún esté en un vagón en movimiento compartiendo un pan duro, una manzana nueva, con algún otro hermano de destino.
Yo lo volví a despedir con la amenaza de cobrarle todo allá en Los Ángeles (fue mi manera de encenderle las ganas de seguir), pero no sé si vuelva a verlo vivo. No sé si haya podido soportar otros días sin comida, otras noches de vigilancia en el techo del tren mientras llovía.
No puede saberse si la “perra migra” le haya dejado llegar con sus 50 dólares o si le hayan puesto el cañón otra vez en la sien para quitarle su dinero y sus sueños.
Ignoro el destino de ese muchacho, como muchos ignoramos los destinos de otros, de cientos, que pasan por esta ciudad después de haber pasado una, dos o más de tres fronteras, en busca de una vida que han soñado mejor. No sé, no sabemos, o no queremos saber de los que van sufriendo en un tren de metal o en el mismísimo tren de la vida.
México, D.F. 27 de octubre de 2004.
Nicaragua me quedaba distante y en la vida sólo sabía de un nicaragüense, Rubén Darío.
Francisco y Melvin entraron en mi vida, más bien dicho, en mi casa, el 15 de mayo de 2004. Venían de Nicaragua después de un mes de viaje: largas caminatas de noches frías y mediodías calcinantes, travesías en trenes de carga, que de noche se vuelven terribles como un horno y de noche, insoportables como frigoríficos. Camiones, autobuses, taxis… Los habían asaltado en cuatro ocasiones, tenían tres días sin comer y ningún peso en los bolsillos.
Rosa, la hermana de mi amigo Raúl apeló a mi sentido humano y me pidió que le hiciera el favor de recibir en mi casa a Melvin y Francisco, sus cuñados. Me llamó desde Los Ángeles California para decirme que los muchachos… desde hace un mes… cuatro asaltos… tres días sin comer… viene para acá… no tiene dinero… y que si por favor les pagaba el taxi. Ella buscaría la manera de reponerme los gastos.
Rosa es la hermana de mi mejor amigo, Raúl, y por este hombre que me ha dado una de los afectos más sólidos de mi vida fue que se me acabó de remover la compasión.
Salí a la calle para recibirlos: uno delgado, delgadísimo, moreno, rostro afilado, serio, con esa timidez extrema que hace tener la vista siempre recorriendo el suelo. El otro fornido, casi gordo, piel más clara, risa de dientes parejos, menos tímido, más seguro de sí. Me costó trabajo acostumbrarme a su acento.
Los invité a comer al mercado. Les ofrecí mi casa: se bañaron, charlaron un poco conmigo, los puse en contacto con Rosa y el esposo de Rosa, o sea, el hermano de ellos. Quedamos de acuerdo: les mandarían algunos dólares por medio de una de esas empresas en que el dinero llega casi al instante; a mi nombre, por supuesto. Que yo les hiciera el favor de recoger los pesos que fueron dólares, les comprara un boleto a Tijuana, los llevará a la Central de Autobuses y que me cobrara por las molestias ocasionadas.
El dinero llegó hasta el tercer día. Mientras, escuché varias historias de humillación y vergüenza que me encendieron la indignación: un hombre que deja a su mujer, a sus tres hijos y una vida de miseria que no da para más, decide atravesar varios países para encontrar un empleo en el que su esfuerzo sea mejor remunerado. Varios muchachos que echan mano del arrojo de su juventud para buscar en otro país un futuro menos deprimente. Mujeres que se rebelan su condición de amas de casa y a su destino doméstico y se ponen pantalones y valor y se van también en trenes y caminos con rumbo al norte.
De la desesperación a la esperanza
Por estos errantes de la América Central supe que si los de la migra te persiguen mientras tiran de balazos es sólo por asustarte “porque ser migrante no es delito”. Que si te amenazan y te ponen el cañón frente al corazón o en la sien y te dicen “hasta aquí llegaste” es sólo por sacarte un susto y unos cuantos billetes. Que si te catean la ropa, el cuerpo y tus partes íntimas es porque buscan droga… “porque eso sí es delito”.
Por estos muchachos buscadores sueños supe que llegar a la frontera de los Estados Unidos no es cuestión de dinero sino cuestión de sufrimiento y suerte; “porque no tiene caso llevar dinero para que luego te lo quite la migra… lo único que se necesita es un poco para comprar comida en los poblados en que el tren o el autobús se detiene…”
Aprendí , con estos muchachos armados de decisión, a doblar billetes de cincuenta y cien pesos en su mínima expresión, a envolverlos en plástico para podértelos echar a la boca en caso de que te agarre la ley y quiera exprimirte tu capital de viaje. Me explicaron también que es mejor llevar tenis ligeros para poder correr y un pantalón que te permita los saltos para poder escapar entre los matorrales.
Me dijeron que era conveniente llevar dos cambios de ropa nadamás, uno sucio y otro limpio, el sucio para poder acostarte en el piso mugroso del tren o en la tierra bajo un árbol y dormir un poco; el limpio para, en caso de que se detenga el tren, el autobús, salir al pueblo más cercano a buscar comida y que no sospechen de tu mugre.
Comentaron que es mejor llevar una chamarra gruesa para cuando viajes en tren y te toque la guardia encima del techo para ir vigilando; que en estos casos es mejor amarrarte, no vaya a hacer que en un movimiento brusco o en un cabeceo, el tren te tire en medio de la selva o del desierto.
Dicen que la migra de México “es más perra” que la de Estados Unidos, que si el gobierno mexicano permitiera el libre tránsito de los centroamericanos “los policías de acá seguirían persiguiendo y golpeando a los migrantes porque es su negocio y además les gusta”
Supe, por boca de estos esperanzados, que de la frontera sur salen cientos (“como quinientos”) y de ellos sólo llegan diez. Que la gente que conoce su destino de ilegales se niega a ayudarles por el riesgo de que la policía los acuse de polleros y les eche un montón de años de cárcel.
Del DF hasta Sinaloa, nomás.
Con el dinero que nos dieron por aquellos dólares que nunca vimos compramos dos boletos para Tijuana, el dinero que sobró lo repartí en dos partes iguales para los hermanos. Hubiera sido un asalto quedarme con la parte que me correspondía “por las molestias ocasionadas”, según dijo el hermano del norte.
Tomé una de mis mochilas, le puse unas manzanas, galletas, papel higiénico, y unas pastillas para el dolor de panza; le di una de mis chamarras a Francisco y por poco me animaba también a echarles la bendición.
También les eché unas palabras de aliento: “en un par de meses iré a Los Ángeles a visitar a mi amigo Raúl ¿eh? Allá quiero verlos. Voy a ir a cobrarles todo lo que me deben. Espero que me inviten a cenar”.
Me dijeron adiós desde la puerta del autobús el día 18 de mayo de 2004 a las seis de la tarde. Yo me regresé a casa saboreando mi más buena acción de los últimos años.
Luego supe que en Culiacán los hicieron descender del carro, junto con los demás pasajeros, les pidieron identificaciones. Que Melvin trató de imitar el acento chilango para engañar a la policía, mientras Francisco se desternillaba de risa ante la imitación graciosa y fallida de su hermano. Que los regresaron a Centroamérica, que Melvin decidió regresar con su mujer y sus hijos, resignado a su vida de miseria y que Francisco decidió quedarse en Guatemala a trabajar de mesero y a esperar que le creciera nuevamente la esperanza.
De ida y de vuelta
El día 13 de octubre llegué a mi casa a las nueve de la noche. Don Julio, el guardia que vigila nuestro edificio me dijo “Aquí lo está esperando su amigo”. De la casetita de vigilancia vi asomarse la cara de Francisco, el nicaragüense que entró en mi casa y en esta historia el 15 de mayo, el día del maestro.
Pensé que no te volvería a ver nunca, le dije. Yo tampoco, contestó. Pásale y cuéntame. No quería molestarlo, me dijo, pero hace cuatro días que estoy aquí por Lechería; sin comer, no tengo dinero y me acordé de usted, perdóneme. No te preocupes, ven, vamos a comer.
Y me contó que esta vez había decido viajar en tren, que era más seguro, que un primo suyo había llegado de esta manera hasta la frontera norte y que recomendaba ampliamente el procedimiento. Que era cuestión de ponerse por donde había unas vías, esperar al gusano de hierro, correr tras él, abordarlo en movimiento y seguir hasta no sabemos qué destino.
Van muchos en el tren y unos vigilan sobre el techo para ver cuando se vaya a detener, entonces, si se detiene, hay que correr a esconderse y si es en un pueblo hay que arriesgarse a ir a buscar comida y estar listo para que el tren no se vaya sin ti.
Entre nosotros hay mucha ayuda, si ya no tienes comida otros compañeros de viaje te pueden dar; al fin que cuando tu tengas les puedes dar a los demás. Todos somos hermanos del mismo destino, somos de Centroamérica y vamos con rumbo a la tierra de sueños.
Una vez que me puso al tanto de su segundo intento, hablamos a Los Ángeles, los de allá se deshicieron en agradecimientos y me explicaron el procedimiento: dólares a mi nombre, yo se los doy a Francisco, el se compra zapatos, ropa, comida y se va a abordar el tren de la incertidumbre que tiene un largo y lejano destino hacia la esperanza.
Desde aquí hasta no verte
Oiga maestro, ¿y cómo sabe que el muchacho está bien o está mal? Me preguntó el guardia que me ayudó a rescatar la última vez al nicaragüense pescador de sueños. No lo sé don Julio, no lo sé. No sé si Francisco, veinte años, nacido en Matagalapa, borracho de esperanza, vive o muere. No sé si quince días después de que se fue a buscar su tren haya llegado a la frontera, a Los Ángeles, o al punto de partida: Honduras o Nicaragua. No sé si este joven aún esté en un vagón en movimiento compartiendo un pan duro, una manzana nueva, con algún otro hermano de destino.
Yo lo volví a despedir con la amenaza de cobrarle todo allá en Los Ángeles (fue mi manera de encenderle las ganas de seguir), pero no sé si vuelva a verlo vivo. No sé si haya podido soportar otros días sin comida, otras noches de vigilancia en el techo del tren mientras llovía.
No puede saberse si la “perra migra” le haya dejado llegar con sus 50 dólares o si le hayan puesto el cañón otra vez en la sien para quitarle su dinero y sus sueños.
Ignoro el destino de ese muchacho, como muchos ignoramos los destinos de otros, de cientos, que pasan por esta ciudad después de haber pasado una, dos o más de tres fronteras, en busca de una vida que han soñado mejor. No sé, no sabemos, o no queremos saber de los que van sufriendo en un tren de metal o en el mismísimo tren de la vida.
México, D.F. 27 de octubre de 2004.
Saturday, September 11, 2004
MEMORIA DE LA CIUDAD DE MÉXICO
Un domingo del pasado mes de agosto fui a visitar la exposición “Memoria de la ciudad de México: cien años 1850-1959” que se exhibe en las rejas del Bosque de Chapultepec.
Son casi cien fotografías en blanco y negro, de gran formato, que captan algunas escenas del mundo del deporte, del espectáculo, de la política y de la vida cotidiana de la ciudad de México durante el periodo de 1850 a 1950.
En la exposición se ven algunas fotografías que ya son conocidas de muchos: aquella en que Francisco Villa ocupa la silla presidencial al lado de Emiliano Zapata; la foto de Don Benito Juárez, vestido de traje, con sombrero de copa alta en la mano y usando unos guantes blancos; y varias del Palacio de Bellas Artes cuando estaba en construcción; entre otras.
Hay algunas otras imágenes que me sorprendieron por no imaginar su existencia: una en que se ve a Francisco Villa, enfundado en un grueso abrigo, cubierta la cara con un pañuelo, llorando sobre el féretro de Francisco I. Madero. Otra, en que el mismo Villa está colocando una placa en una calle de esta ciudad, con el nombre mismo de Madero.
Vi también una que me causó mucha curiosidad: Jorge Negrete, de pie ante un micrófono, dando un discurso ante miembros de la Asociación Nacional de Actores; a un costado de él, sentados ante una mesa, Mario Moreno Cantinflas, con gesto muy serio que, al menos yo nunca había visto y Domingo Soler.
Una foto que me sorprendió de manera grata fue aquella tomada el 15 de septiembre de 1942, el presidente Ávila Camacho, ante la inminencia de la Primera Guerra Mundial, declara a nuestro país, neutral; en la histórica imagen, aparece la presencia solidaria de varios expresidentes mexicanos, entre ellos, el general Lázaro Cárdenas.
La exposición tiene también, como detalle curioso, cinco fotos estereoscópicas, de esas que conocemos como de tercera dimensión; el vigilante en turno es el encargado de prestar a los visitantes unos lentes adecuados para ver esas fotografías antiguas con un efecto muy interesante.
En el recorrido fotográfico se pueden descubrir algunos indicios de los rasgos que ahora definen a la ciudad: están plasmadas imágenes de las primeras huelgas y paros: una de petroleros y otra de los trabajadores del transporte; como antecedente de las marchas y mítines que hoy son el pan nuestro de muchos días. Empiezan a distinguirse también los antecedentes de lo que ahora son congestionamientos infernales de tráfico; hay incluso la foto en que unas madres de familia protestan con una pancarta en contra de la decisión del gobierno de impartir educación sexual en las escuelas, que viene hacer el antecedente a lo que en estos tiempos se vive como oposición a las reformas educativas.
En fin, que “Memoria de la Ciudad de México”, la exposición, que por cierto durará hasta el 20 de octubre, se convierte en un documento valiosísimo para comprender y seguir amando esta ciudad extraordinaria y surrealista.
Son casi cien fotografías en blanco y negro, de gran formato, que captan algunas escenas del mundo del deporte, del espectáculo, de la política y de la vida cotidiana de la ciudad de México durante el periodo de 1850 a 1950.
En la exposición se ven algunas fotografías que ya son conocidas de muchos: aquella en que Francisco Villa ocupa la silla presidencial al lado de Emiliano Zapata; la foto de Don Benito Juárez, vestido de traje, con sombrero de copa alta en la mano y usando unos guantes blancos; y varias del Palacio de Bellas Artes cuando estaba en construcción; entre otras.
Hay algunas otras imágenes que me sorprendieron por no imaginar su existencia: una en que se ve a Francisco Villa, enfundado en un grueso abrigo, cubierta la cara con un pañuelo, llorando sobre el féretro de Francisco I. Madero. Otra, en que el mismo Villa está colocando una placa en una calle de esta ciudad, con el nombre mismo de Madero.
Vi también una que me causó mucha curiosidad: Jorge Negrete, de pie ante un micrófono, dando un discurso ante miembros de la Asociación Nacional de Actores; a un costado de él, sentados ante una mesa, Mario Moreno Cantinflas, con gesto muy serio que, al menos yo nunca había visto y Domingo Soler.
Una foto que me sorprendió de manera grata fue aquella tomada el 15 de septiembre de 1942, el presidente Ávila Camacho, ante la inminencia de la Primera Guerra Mundial, declara a nuestro país, neutral; en la histórica imagen, aparece la presencia solidaria de varios expresidentes mexicanos, entre ellos, el general Lázaro Cárdenas.
La exposición tiene también, como detalle curioso, cinco fotos estereoscópicas, de esas que conocemos como de tercera dimensión; el vigilante en turno es el encargado de prestar a los visitantes unos lentes adecuados para ver esas fotografías antiguas con un efecto muy interesante.
En el recorrido fotográfico se pueden descubrir algunos indicios de los rasgos que ahora definen a la ciudad: están plasmadas imágenes de las primeras huelgas y paros: una de petroleros y otra de los trabajadores del transporte; como antecedente de las marchas y mítines que hoy son el pan nuestro de muchos días. Empiezan a distinguirse también los antecedentes de lo que ahora son congestionamientos infernales de tráfico; hay incluso la foto en que unas madres de familia protestan con una pancarta en contra de la decisión del gobierno de impartir educación sexual en las escuelas, que viene hacer el antecedente a lo que en estos tiempos se vive como oposición a las reformas educativas.
En fin, que “Memoria de la Ciudad de México”, la exposición, que por cierto durará hasta el 20 de octubre, se convierte en un documento valiosísimo para comprender y seguir amando esta ciudad extraordinaria y surrealista.
ELISEO ALBERTO: VIVAN LOS POETAS
Dios bendiga a los poetas
Eliseo Alberto habla como si estuviera diciendo un poema:
De entre narradores, dramaturgos y ensayistas, los poetas son los primeros.
Lo dice él, que ganó en 1988 el premio Alfaguara con su novela Caracol Beach.
Los dictadores odian a los poetas porque son los seres más lúcidos que existen; ven lo que otros no ven; si miran unos zapatos, saben los caminos que han andado, hasta la vaca de donde provienen esos zapatos.
Los treinta (o veinticinco) que somos escuchamos arrobados. Se trata de la clase “Carpintería de la narración” que nos imparte en la Escuela Dinámica de Escritores. La primera clase con él.
Sin embargo, todos los poetas son pobres: de la poesía no vive nadie. Si los dictadores fueran inteligentes les comprarían 50 mil ejemplares de sus libros.
….Deberíamos rendir homenaje a los poetas, a los buenos y a los malos. Tendríamos todos que decir, al verlos pasar, “ahí va el mejor de nosotros”; y levantarles una estatua, de tamaño natural, y de preferencia, desnudos, para que los valoren.
Uno lo escucha hablar y sabe, porque así es la vehemencia con que lo dice, o porque ha leído en las entrevistas que le han hecho, que cuando habla de los poetas también habla de su padre, el gran Eliseo Diego, el cubano. Uno oye sus palabras y piensa que quizás, cuando habla de dictadores se refiere a algunos de Cuba; aunque haya dicho: “Yo he sido muy crítico con Fidel y con el gobierno de mi país. Yo, además, he recibido numerosas críticas de parte del gobierno cubano, críticas hasta insultantes, pero yo no escribiré nunca nada que le haga daño a Cuba. Antes de eso, mejor me corto la lengua y los brazos... A mí me gusta decir, y estoy dispuesto a demostrarlo, que nadie ama más a Cuba que yo. La pueden amar como yo muchos, millones, no digo que no, pero más no, más no... porque eso es humanamente imposible...”[1]
Si quieren escribir una buena novela, lean a los poetas de su generación. Léanlos. Un poeta no es más que una mirada. Lean a los poetas. Contamínense, úsenlos, ensúciense de los poetas. Los poetas van por delante: Dios los bendiga.
“Cuando llegué a tu edad…”
Era una clase de narrativa, pero durante hora y media nos habló de poemas y de poetas, especialmente cubanos. Citó fragmentos de memoria, contó anécdotas:
Raúl Rivero es un poeta que está preso, el escribió: “La gente que yo quiero no envejece…” / “Cuando llegué a tu edad no estabas, cuando llegues a la mía ya me habré ido…”
Lezama Lima era gordo, enorme, en los últimos años no salía de su casa; cuando cayó enfermo y quisieron llevarlo al hospital, no cupo por la puerta: lo sacaron por la ventana como si fuera un piano…
Virgilio Piñeira era flaco, muy flaco. Un día mi padre y yo no lo encontramos en la playa y decidimos seguirlo para saludarlo, al ir detrás de él nos dimos cuenta que era tan flaco, que no dejaba huellas en la arena…
Amaba mucho a su padre. Lo admiraba. Nos dijo, con la voz encaramada en la emoción, el epitafio de la tumba del poeta. Nos refirió la reacción de Eliseo Diego ante la primera novela del hijo. Seguíamos escuchando y entendiendo, por cada una de sus frases, las razones del libro “Informe contra mí mismo”, en el que narra cómo la Seguridad del Estado cubano le pidió que hiciera un informe contra su propia familia.
La conquista de la imaginación
Nos explicó como la narrativa actual está muy influenciada por el cine. Nos contó que había hecho guiones para películas, algunos junto con Gabriel García Márquez (Contigo en la distancia, Cartas del parque). Nos dijo que Gabo admiraba mucho a un escritor cubano de radionovelas llamado Félix B. Caignet, quien le dio al escritor colombiano algunos consejos importantes:
“En cada párrafo tiene que pasar algo, porque a la gente le gustan que le cuenten cuentos”
“El orden que hay que seguir para la redacción de una oración es: sujeto, verbo, objeto directo, objeto indirecto y objeto circunstancial. Primero los circunstanciales más cortos…”
Eliseo Alberto es también narrador oral. Nos contó la historia del concurso que las autoridades de un penal del D.F. organizaron: de poesía, al ganador se le condonarían algunos años de prisión. En el concurso estaba involucrado un secretario de gobierno, gran lector. “Sombras tras las rejas” fue la obra ganadora. Al señor secretario le gustó, decidieron publicar el libro y dar el premio al ganador. Cuando mandaron a transcribir la obra (el poemario estaba escrito a mano, pues en la cárcel se escribe así) el transcriptor (buen lector de poesía) se dio cuenta de que los poemas estaban compuestos por los mismos versos, en distinto orden, del poeta cubano Eliseo Diego.
No crean eso de que la imaginación no tiene límites. La conquista de la imaginación se encuentra con sus propios límites.
Ya para terminar les digo: no se puede contar la historia de alguien a quien no se conoce…
Terminó la clase, antes de irse nos anotó en el pizarrón su dirección de correo electrónico y hasta su teléfono. Eliseo Alberto es sencillo, es grande, es narrador… habla como si estuviera diciendo un poema, un poema de su padre:
COMIENZA UN LUNES
La eternidad por fin comienza un lunes
y el día siguiente apenas tiene nombre
y el otro es el oscuro, al abolido.
Y en él se apagan todos los murmullos
y aquel rostro que amábamos se esfuma
y en vano es ya la espera, nadie viene.
La eternidad ignora las costumbres,
le da lo mismo rojo que azul tierno,
se inclina al gris, al humo, a la ceniza.
Nombre y fecha tú grabas en un mármol,
los roza displicente con el hombro,
ni un montoncillo de amargura deja.
Y sin embargo, ves, me aferro al lunes
y al día siguiente doy el nombre tuyo
y con la punta del cigarro escribo
Eliseo Diego.
[1] Contreras Gabriel. Nadie ama más a cuba que Eliseo Alberto. Entrevista. http://groups.msn.com/LiteraturaCubanaenelExilio/eliseoalberto.msnw
Eliseo Alberto habla como si estuviera diciendo un poema:
De entre narradores, dramaturgos y ensayistas, los poetas son los primeros.
Lo dice él, que ganó en 1988 el premio Alfaguara con su novela Caracol Beach.
Los dictadores odian a los poetas porque son los seres más lúcidos que existen; ven lo que otros no ven; si miran unos zapatos, saben los caminos que han andado, hasta la vaca de donde provienen esos zapatos.
Los treinta (o veinticinco) que somos escuchamos arrobados. Se trata de la clase “Carpintería de la narración” que nos imparte en la Escuela Dinámica de Escritores. La primera clase con él.
Sin embargo, todos los poetas son pobres: de la poesía no vive nadie. Si los dictadores fueran inteligentes les comprarían 50 mil ejemplares de sus libros.
….Deberíamos rendir homenaje a los poetas, a los buenos y a los malos. Tendríamos todos que decir, al verlos pasar, “ahí va el mejor de nosotros”; y levantarles una estatua, de tamaño natural, y de preferencia, desnudos, para que los valoren.
Uno lo escucha hablar y sabe, porque así es la vehemencia con que lo dice, o porque ha leído en las entrevistas que le han hecho, que cuando habla de los poetas también habla de su padre, el gran Eliseo Diego, el cubano. Uno oye sus palabras y piensa que quizás, cuando habla de dictadores se refiere a algunos de Cuba; aunque haya dicho: “Yo he sido muy crítico con Fidel y con el gobierno de mi país. Yo, además, he recibido numerosas críticas de parte del gobierno cubano, críticas hasta insultantes, pero yo no escribiré nunca nada que le haga daño a Cuba. Antes de eso, mejor me corto la lengua y los brazos... A mí me gusta decir, y estoy dispuesto a demostrarlo, que nadie ama más a Cuba que yo. La pueden amar como yo muchos, millones, no digo que no, pero más no, más no... porque eso es humanamente imposible...”[1]
Si quieren escribir una buena novela, lean a los poetas de su generación. Léanlos. Un poeta no es más que una mirada. Lean a los poetas. Contamínense, úsenlos, ensúciense de los poetas. Los poetas van por delante: Dios los bendiga.
“Cuando llegué a tu edad…”
Era una clase de narrativa, pero durante hora y media nos habló de poemas y de poetas, especialmente cubanos. Citó fragmentos de memoria, contó anécdotas:
Raúl Rivero es un poeta que está preso, el escribió: “La gente que yo quiero no envejece…” / “Cuando llegué a tu edad no estabas, cuando llegues a la mía ya me habré ido…”
Lezama Lima era gordo, enorme, en los últimos años no salía de su casa; cuando cayó enfermo y quisieron llevarlo al hospital, no cupo por la puerta: lo sacaron por la ventana como si fuera un piano…
Virgilio Piñeira era flaco, muy flaco. Un día mi padre y yo no lo encontramos en la playa y decidimos seguirlo para saludarlo, al ir detrás de él nos dimos cuenta que era tan flaco, que no dejaba huellas en la arena…
Amaba mucho a su padre. Lo admiraba. Nos dijo, con la voz encaramada en la emoción, el epitafio de la tumba del poeta. Nos refirió la reacción de Eliseo Diego ante la primera novela del hijo. Seguíamos escuchando y entendiendo, por cada una de sus frases, las razones del libro “Informe contra mí mismo”, en el que narra cómo la Seguridad del Estado cubano le pidió que hiciera un informe contra su propia familia.
La conquista de la imaginación
Nos explicó como la narrativa actual está muy influenciada por el cine. Nos contó que había hecho guiones para películas, algunos junto con Gabriel García Márquez (Contigo en la distancia, Cartas del parque). Nos dijo que Gabo admiraba mucho a un escritor cubano de radionovelas llamado Félix B. Caignet, quien le dio al escritor colombiano algunos consejos importantes:
“En cada párrafo tiene que pasar algo, porque a la gente le gustan que le cuenten cuentos”
“El orden que hay que seguir para la redacción de una oración es: sujeto, verbo, objeto directo, objeto indirecto y objeto circunstancial. Primero los circunstanciales más cortos…”
Eliseo Alberto es también narrador oral. Nos contó la historia del concurso que las autoridades de un penal del D.F. organizaron: de poesía, al ganador se le condonarían algunos años de prisión. En el concurso estaba involucrado un secretario de gobierno, gran lector. “Sombras tras las rejas” fue la obra ganadora. Al señor secretario le gustó, decidieron publicar el libro y dar el premio al ganador. Cuando mandaron a transcribir la obra (el poemario estaba escrito a mano, pues en la cárcel se escribe así) el transcriptor (buen lector de poesía) se dio cuenta de que los poemas estaban compuestos por los mismos versos, en distinto orden, del poeta cubano Eliseo Diego.
No crean eso de que la imaginación no tiene límites. La conquista de la imaginación se encuentra con sus propios límites.
Ya para terminar les digo: no se puede contar la historia de alguien a quien no se conoce…
Terminó la clase, antes de irse nos anotó en el pizarrón su dirección de correo electrónico y hasta su teléfono. Eliseo Alberto es sencillo, es grande, es narrador… habla como si estuviera diciendo un poema, un poema de su padre:
COMIENZA UN LUNES
La eternidad por fin comienza un lunes
y el día siguiente apenas tiene nombre
y el otro es el oscuro, al abolido.
Y en él se apagan todos los murmullos
y aquel rostro que amábamos se esfuma
y en vano es ya la espera, nadie viene.
La eternidad ignora las costumbres,
le da lo mismo rojo que azul tierno,
se inclina al gris, al humo, a la ceniza.
Nombre y fecha tú grabas en un mármol,
los roza displicente con el hombro,
ni un montoncillo de amargura deja.
Y sin embargo, ves, me aferro al lunes
y al día siguiente doy el nombre tuyo
y con la punta del cigarro escribo
en plena oscuridad: aquí he vivido.
Eliseo Diego.
[1] Contreras Gabriel. Nadie ama más a cuba que Eliseo Alberto. Entrevista. http://groups.msn.com/LiteraturaCubanaenelExilio/eliseoalberto.msnw
LA CATEDRAL DE LOS ÁNGELES
Yo creía que todas las catedrales habían sido construidas desde hace siglos. Al menos así lo sé de algunas: la de la ciudad de Colima empezó a construirse 1889 y se terminó en 1862; la de Morelia se inició en 1660 y fue terminada en 1744; la construcción de la catedral de la ciudad de México empezó en el año de 1567 (algunos de las fuentes me dicen que en 1562, otras que 1572). El caso es que tiene más de cuatrocientos años.
Por ello me sorprendí muchísimo cuando, en el 2001 vi que en Los Ángeles California se estaba construyendo la catedral de la ciudad y sentí curiosidad por saber cómo quedaría terminada una obra de este tipo en la época de la tecnología.
El pasado mes de julio tuve por fin la oportunidad de conocer una catedral construida en el siglo XXI. Los amigos que me guiaban en el tour por el centro de esa ciudad me dijeron que había que estacionarse en la calle por que el parking de la catedral era muy caro. Esta fue la primera sorpresa: saber que la catedral tenía estacionamiento, pero que además era caro.
La puerta de entrada no desemboca directamente frente al altar, sino a un pasillo que tiene a la derecha una entrada lateral para llegar a la nave principal; a lo largo del pasillo pueden verse además varios espacios, como esos que en México están dedicados a los santos, sólo que en este templo la mayoría de esos altares menores tienen colgadas en sus paredes algunas pinturas que se venden a quien pueda pagarlas.
En uno de estos altares está presente la imagen en bulto de “Nuestra Señora de los Ángeles del Río de la Porciúncula”, (o Our Lady of The Angels) de donde proviene el nombre de esa ciudad y que ha sido reducido a su mínima expresión L.A. (Los Ángeles). Nótese que la principal figura de veneración ni siquiera ocupa un lugar bajo la nave principal del templo.
Un “altar” que me llamó especialmente la atención fue aquel que tiene pegadas en las paredes una enorme cantidad de fotos de niños y jóvenes que, a decir del letrero en inglés, los retratados son personas que sufrieron abuso sexual, y se pide una oración por ellos.
En algunos de estos altares hay dispuestas una serie de veladoras, todas del mismo color, rojo o azul, que el visitante tiene derecho a encender una vez que ha colocado en la alcancía adyacente los dos dólares correspondientes.
Más adelante y tras haber pasado por la pila bautismal, que es una especie de fuente como la de los jardines de nuestros pueblos, se encuentran las escaleras que descienden hasta la zona de mausoleos: son espacios para que los vivos vayan a dejar en reposos eterno a sus muertos; siempre y cuando puedan pagar lo que se estipula: hasta el momento vi muy pocos ocupados, ahí están descansando los restos del actor Gregory Peck.
Al salir de la inmensa catedral, una vez finalizado el recorrido y pasado el susto de que alguno de los elegantes guardias que custodian el templo pasara a cobrarnos algunos diez dólares por la visita, encontramos el Shrine to Our Lady of Guadalupe: especie de “cobertizo” dedicado a la Virgen Morena. “¿Por qué afuera? Esto es discriminación” Les dije a mis amigos-guías. “Lo sabemos, los constructores dijeron que porque esta virgen tiene muchos devotos es mejor tenerla acá”. Nos enfrascamos en largas protestas que nunca escucharán los autores de la afrenta. Luego nos fuimos, sin dar una mirada siquiera a la Gift Shop: si las veladoras cuestan dos dólares, cuánto no costarán los “recuerditos”.
En el camino hacia el auto revisé los horarios de misas que ofrece la esta catedral: si entiendes inglés, hay varias opciones para venir a misa; si sólo entiendes el español, una sola vez en toda la semana podrás participar.
Así es una catedral de la era electrónica: todo se cobra, todo cuesta; todo son cantidades deslumbrantes: la construcción de este monumento moderno duró diez años, costó casi doscientos millones de dólares y en él caben tres mil personas; se tiene proyectado que anualmente lo visiten cerca de seis millones de seres humanos. El día de la inauguración (cita una nota en la página electrónica de Terra) las personas que asistieron pudieron cenar y beber, agasajados con figuras de Lladró, mientras exploraron más de cerca el trabajo de los artistas que han hecho posible este templo, todo ello a un precio que rondó entre los 1,000 y los 25,000 dólares por una mesa de diez. “Para aquellos con menor presupuesto pero con la misma fe y deseo de escuchar el órgano de 6,000 cañones, se ha organizado ese mismo día la gala ‘La Luz’, fiesta para 400 personas que por 125 dólares por cabeza ofrece tapas, sangría y unos mojitos a los devotos”.
Por supuesto que la Cathedral of Our Lady of the Angels tiene su página en internet, por si los que están leyendo esto se interesan en saber algo más de tan deslumbrante templo; o si desean adquirir alguno de los servicios que ahí se ofrecen; la dirección es la siguiente: http://www.olacathedral.org/. Por cierto, milagrosamente, por ver la página no se cobra.
Por ello me sorprendí muchísimo cuando, en el 2001 vi que en Los Ángeles California se estaba construyendo la catedral de la ciudad y sentí curiosidad por saber cómo quedaría terminada una obra de este tipo en la época de la tecnología.
El pasado mes de julio tuve por fin la oportunidad de conocer una catedral construida en el siglo XXI. Los amigos que me guiaban en el tour por el centro de esa ciudad me dijeron que había que estacionarse en la calle por que el parking de la catedral era muy caro. Esta fue la primera sorpresa: saber que la catedral tenía estacionamiento, pero que además era caro.
La puerta de entrada no desemboca directamente frente al altar, sino a un pasillo que tiene a la derecha una entrada lateral para llegar a la nave principal; a lo largo del pasillo pueden verse además varios espacios, como esos que en México están dedicados a los santos, sólo que en este templo la mayoría de esos altares menores tienen colgadas en sus paredes algunas pinturas que se venden a quien pueda pagarlas.
En uno de estos altares está presente la imagen en bulto de “Nuestra Señora de los Ángeles del Río de la Porciúncula”, (o Our Lady of The Angels) de donde proviene el nombre de esa ciudad y que ha sido reducido a su mínima expresión L.A. (Los Ángeles). Nótese que la principal figura de veneración ni siquiera ocupa un lugar bajo la nave principal del templo.
Un “altar” que me llamó especialmente la atención fue aquel que tiene pegadas en las paredes una enorme cantidad de fotos de niños y jóvenes que, a decir del letrero en inglés, los retratados son personas que sufrieron abuso sexual, y se pide una oración por ellos.
En algunos de estos altares hay dispuestas una serie de veladoras, todas del mismo color, rojo o azul, que el visitante tiene derecho a encender una vez que ha colocado en la alcancía adyacente los dos dólares correspondientes.
Más adelante y tras haber pasado por la pila bautismal, que es una especie de fuente como la de los jardines de nuestros pueblos, se encuentran las escaleras que descienden hasta la zona de mausoleos: son espacios para que los vivos vayan a dejar en reposos eterno a sus muertos; siempre y cuando puedan pagar lo que se estipula: hasta el momento vi muy pocos ocupados, ahí están descansando los restos del actor Gregory Peck.
Al salir de la inmensa catedral, una vez finalizado el recorrido y pasado el susto de que alguno de los elegantes guardias que custodian el templo pasara a cobrarnos algunos diez dólares por la visita, encontramos el Shrine to Our Lady of Guadalupe: especie de “cobertizo” dedicado a la Virgen Morena. “¿Por qué afuera? Esto es discriminación” Les dije a mis amigos-guías. “Lo sabemos, los constructores dijeron que porque esta virgen tiene muchos devotos es mejor tenerla acá”. Nos enfrascamos en largas protestas que nunca escucharán los autores de la afrenta. Luego nos fuimos, sin dar una mirada siquiera a la Gift Shop: si las veladoras cuestan dos dólares, cuánto no costarán los “recuerditos”.
En el camino hacia el auto revisé los horarios de misas que ofrece la esta catedral: si entiendes inglés, hay varias opciones para venir a misa; si sólo entiendes el español, una sola vez en toda la semana podrás participar.
Así es una catedral de la era electrónica: todo se cobra, todo cuesta; todo son cantidades deslumbrantes: la construcción de este monumento moderno duró diez años, costó casi doscientos millones de dólares y en él caben tres mil personas; se tiene proyectado que anualmente lo visiten cerca de seis millones de seres humanos. El día de la inauguración (cita una nota en la página electrónica de Terra) las personas que asistieron pudieron cenar y beber, agasajados con figuras de Lladró, mientras exploraron más de cerca el trabajo de los artistas que han hecho posible este templo, todo ello a un precio que rondó entre los 1,000 y los 25,000 dólares por una mesa de diez. “Para aquellos con menor presupuesto pero con la misma fe y deseo de escuchar el órgano de 6,000 cañones, se ha organizado ese mismo día la gala ‘La Luz’, fiesta para 400 personas que por 125 dólares por cabeza ofrece tapas, sangría y unos mojitos a los devotos”.
Por supuesto que la Cathedral of Our Lady of the Angels tiene su página en internet, por si los que están leyendo esto se interesan en saber algo más de tan deslumbrante templo; o si desean adquirir alguno de los servicios que ahí se ofrecen; la dirección es la siguiente: http://www.olacathedral.org/. Por cierto, milagrosamente, por ver la página no se cobra.
DE CÓMO NADIA ME ENCONTRÓ A MÍ
Este asunto de búsquedas y encuentros empezó con un breve texto que se publicó en este suplemento y en el que yo expresaba mi alegría por haber “conocido” a Nadia Contreras, me refería al encuentro con uno de sus libros, Lo que queda de mí.
En ese texto también comentaba algunas “coincidencias” entre Nadia y yo (nacidos en Quesería, las cifras en el año de nacimiento); hacía una rapidísmo recuento de su trayectoria profesional y me prometía dedicarle un espacio más grande para la revisión del poemario encontrado.
Envíe mi textito a mi amigo Raúl Orozco, quien desde Los Ángeles de California se convierte en paciente lector de mis cosas; al mismo tiempo lo envíe a este suplemento. El escrito en cuestión se llamó “Buscando a Nadia Contreras”.
Bueno, pues la búsqueda terminó en un encuentro al revés: Recibí un mensaje electrónico de Marco Gaspar, amigo de Colima, en el que me agradecía haber dedicado unas palabras a la obra de Nadia y me proporcionaba además el correo de mi paisana. Luego, cuando visité a mi amigo Raúl, me recibió en el aeropuerto con tres libros de la Contreras: “Mar de cañaverales”, “Retratos de Mujeres” y “Voces al ras de la palabra”. Lo maravilloso radica en el hecho de que mi amigo halla podido conseguir los libros de Nadia en aquél país: más tarde me explicó la coincidencia: conoce a una Tía de la poeta, le mostró mi texto en que buscaba y ella le dio los libros para mí. Posteriormente recibí un correo de la escritora en que da respuesta al mensaje de Gaspar y se presenta conmigo, aquí van las palabras de los dos (copiadas de mi buzón): Tuve oportunidad de ver tu texto publicado en elsuplemento del Ecos de la Costa, Nadia es una personaa la cual aprecio mucho te envío su direcciónelectrónica, ya que ella se encuentra autoexiliada en Torreón y le daría mucho gusto conocer tu texto.
Un fuerte abrazo.
¿Autoexiliada en Torreón? Más bien es porque me secuestraron, pero me gustó el secuestrador y claro, no levanté ningún tipo de denuncia. Saludos a los dos.
P.D. Gracias Enrique por el texto. Ya me informaron sobre él y me siento en verdad complacida por tus atenciones. Recibe un gran saludo de mi parte y también mi reconocimiento a tu trabajo. Espero sigamos en contacto.
Nadia Contreras
Universidad Autónoma de La Laguna
México, D.F. Casi agosto de 2004.
En ese texto también comentaba algunas “coincidencias” entre Nadia y yo (nacidos en Quesería, las cifras en el año de nacimiento); hacía una rapidísmo recuento de su trayectoria profesional y me prometía dedicarle un espacio más grande para la revisión del poemario encontrado.
Envíe mi textito a mi amigo Raúl Orozco, quien desde Los Ángeles de California se convierte en paciente lector de mis cosas; al mismo tiempo lo envíe a este suplemento. El escrito en cuestión se llamó “Buscando a Nadia Contreras”.
Bueno, pues la búsqueda terminó en un encuentro al revés: Recibí un mensaje electrónico de Marco Gaspar, amigo de Colima, en el que me agradecía haber dedicado unas palabras a la obra de Nadia y me proporcionaba además el correo de mi paisana. Luego, cuando visité a mi amigo Raúl, me recibió en el aeropuerto con tres libros de la Contreras: “Mar de cañaverales”, “Retratos de Mujeres” y “Voces al ras de la palabra”. Lo maravilloso radica en el hecho de que mi amigo halla podido conseguir los libros de Nadia en aquél país: más tarde me explicó la coincidencia: conoce a una Tía de la poeta, le mostró mi texto en que buscaba y ella le dio los libros para mí. Posteriormente recibí un correo de la escritora en que da respuesta al mensaje de Gaspar y se presenta conmigo, aquí van las palabras de los dos (copiadas de mi buzón): Tuve oportunidad de ver tu texto publicado en elsuplemento del Ecos de la Costa, Nadia es una personaa la cual aprecio mucho te envío su direcciónelectrónica, ya que ella se encuentra autoexiliada en Torreón y le daría mucho gusto conocer tu texto.
Un fuerte abrazo.
¿Autoexiliada en Torreón? Más bien es porque me secuestraron, pero me gustó el secuestrador y claro, no levanté ningún tipo de denuncia. Saludos a los dos.
P.D. Gracias Enrique por el texto. Ya me informaron sobre él y me siento en verdad complacida por tus atenciones. Recibe un gran saludo de mi parte y también mi reconocimiento a tu trabajo. Espero sigamos en contacto.
Nadia Contreras
Universidad Autónoma de La Laguna
México, D.F. Casi agosto de 2004.
LO QUE QUEDA DE NADIA
Lo primero que sorprende del libro[1] de Nadia Contreras es el título: es muy joven, cronológica y literariamente, para que nos dé esta carta de presentación. Lo que queda de mí suena a inventario final, a testamento, a un retrato de vestigios. Cierto es que el libro es un recuento de tristezas y nostalgias al final de tres relaciones: la de su madre de carne, la de su amor a él y la de su amor a Olga Lucía. Entonces aceptemos el título como un recuento de daños después de los desastres del amor. Un recuento que se hace para calcular las fuerzas que nos quedan y empezar de nuevo.
Este recuento de recuerdos de Nadia comienza evocando a sus dos madres, la de carne y la que “supo cuidarme hasta el cansancio”. Su poemario se abre, o despierta, con las voces que le llegan del pasado, esas voces que en los pueblos, o en los corrillos de chismes llegan antecedidos de la palabra “que”, “dicen que”, “dizque”. Quizás por ello algunos versos de estos poemas empiezan de esa manera, para indicar que las voces vienen de otros:
Me dicen
Que hubo alguien que me sacó de ahí
Que me puso en otros brazos.
(Poema 1)
En torno a ti, madre, hay una versión.
Que mujer de la calle fuiste…
(Poema 5)
Que ese hombre que es mi padre
Fue el único hombre que deseaste para mí
Y acarició con ternura tus 17 años
(Poema 6)
Los poema dedicados a esa mujer que le “falta como el sol” son la parte “más amarga” “la más oscura” “la más triste”, del libro: todos los poemas de esta parte tienen un verso con estas sensaciones:
(1)
Tú no te diste cuenta,
Pero luego
Las noches fueron
Más oscuras.
(2)
Y aquella era la ciudad de todas
La más amarga.
(3)
Y otra fui, mezquina,
En el barrio más alto de la amargura
(4)
Por la amargura que después te invadió
Hasta los huesos.
(5)
A ella, la más bendita entre todas.
La mujer que viene
A sentarse junto a mí
En la hora más amarga.
(7)
Más faltas tú
Como el sol
Y son tristes los días
La segunda parte del poemario, es “un intermedio para hablar del amor”, que en realidad es un cambio de tema en la misma charla con la madre. Sólo el primer poema es un saldo positivo en este recuento: “un camino de luz” “un caudal” en el que la que canta sí se dejó llevar. El segundo poema ya tiene la nostalgia de lo que no puede ser pleno: la distancia y la separación repetida en los versos:
El hombre del que nunca me hablaste
Es quien viene a mí sólo de vez
En cuando
Porque alguien llamó lejanía
A la distancia
Que hay entre dos puntos
............
Es a quien no puedo decirle que se quede
Porque no comprendería el afán
De estar a solas con él
………
Porque de su ciudad a mi ciudad
Los kilómetros se extienden como la palma de mi mano.
………..
Que ese, que es mi frente y mis manos,
Tengo, desde la lejanía que contemplar.
Nadia incluye dos poemas más sobre el hombre de “blanca piel”, de este que “me levanta /a la cima de la luz”, siempre contándole este amor fugaz a la madre. Nada más.
A pesar de que la tercera parte del poemario es también el canto a un amor que ya no es, se siente más vivo. Los poemas ya no tienen tantas “amarguras”, tristezas ni oscuridades, antes bien son versos de luz, “alegres como abril”.
Los poemas de esta parte del libro están hechos con Olga Lucía, con este par de palabras que hacen lucir los poemas: todos los versos están en hechos en torno a la musicalidad de estas dos palabras, casi todos los poemas lo contienen; en el título, al principio, en medio o al final de los versos, en algunas dedicatorias: 32 poemas y 30 veces ese nombre en el recuento final.
Olga Lucía “es la mujer”, es como “un edificio”, “sabe lo que es despertar con luna”, “su mirada es una puerta entreabierta al final del pasillo”, es “el árbol de la manzana” y “asombro de mariposas”. Sin duda que las mejores imágenes de este libro han nacido de lo que fue o es Olga Lucía; o de lo que es o fue Nadia a su lado; o de lo que son o fueron juntas.
El final del amor cantado en estos poemas es resignado, es un final al que le urge el olvido por el dolor que causa:
Cómo me gustaría borrar tu nombre
De mi cuerpo
Y en cada una de sus partes.
En su lugar escribir “Cae la lluvia,
Crece el árbol, pantalón azul”.
….
El poemario cierra con una frase misteriosa (que presentaré subrayada) ¿quién es el que viene?; con otra invocación a la lluvia para que borre todo y con el nombre más amado:
…Aquí la tarde comienza. Dentro de poco lloverá, lo sé por el color de las nubes. El ya viene en camino. Mientras tanto escribo para ti estas palabras, Olga Lucía…
Nadia Contreras tiene ya decididas las palabras para nombrar las cosas, al menos en este libro, la alegría y la felicidad se llaman abril, luz, mañanas o tardes luminosas; así como la tristeza y la nostalgia son la ausencia de sol, las sombras o las amarguras. La manera en que Nadia hace los superlativos es con la palabra “todas”; así para expresar una inmensa tristeza escribirá: “la ciudad de todas la más amarga y para una intensa alegría anotará: “Que es los abriles todos”.
Lo que no me explico es como, en poemas tan cuidados, la autora ha hecho un uso tan indiscriminado del hipérbaton que, en algunas ocasiones resulta desafortunado hasta hacer perder el ritmo de algunos de sus poemas:
Porque el ya no está
Desde que ha enterrar lo llevamos
Y esa fue la tarde más triste.
La que bajo ninguna circunstancia me deja
Porque su hija única soy.
-------
La mujer que a diferencia de ti
Hijos no tuvo
Pero su sangre, su raíz me dio
A excepción de este tropiezos que uno encuentra en los versos de Nadia, los poemas están bien logrados, se nota un gran trabajo detrás de ellos y, con las vivencias (autobiográficas o no) que se evocan en los textos logra despertar emociones que logran el deseo de hacer nuestro propio recuento y mirar lo que queda de uno.
[1] Nadia Contreras. Lo que queda de mí. CONACULTA, Fondo Editorial Tierra Adentro. Mèxico, 2003.
Este recuento de recuerdos de Nadia comienza evocando a sus dos madres, la de carne y la que “supo cuidarme hasta el cansancio”. Su poemario se abre, o despierta, con las voces que le llegan del pasado, esas voces que en los pueblos, o en los corrillos de chismes llegan antecedidos de la palabra “que”, “dicen que”, “dizque”. Quizás por ello algunos versos de estos poemas empiezan de esa manera, para indicar que las voces vienen de otros:
Me dicen
Que hubo alguien que me sacó de ahí
Que me puso en otros brazos.
(Poema 1)
En torno a ti, madre, hay una versión.
Que mujer de la calle fuiste…
(Poema 5)
Que ese hombre que es mi padre
Fue el único hombre que deseaste para mí
Y acarició con ternura tus 17 años
(Poema 6)
Los poema dedicados a esa mujer que le “falta como el sol” son la parte “más amarga” “la más oscura” “la más triste”, del libro: todos los poemas de esta parte tienen un verso con estas sensaciones:
(1)
Tú no te diste cuenta,
Pero luego
Las noches fueron
Más oscuras.
(2)
Y aquella era la ciudad de todas
La más amarga.
(3)
Y otra fui, mezquina,
En el barrio más alto de la amargura
(4)
Por la amargura que después te invadió
Hasta los huesos.
(5)
A ella, la más bendita entre todas.
La mujer que viene
A sentarse junto a mí
En la hora más amarga.
(7)
Más faltas tú
Como el sol
Y son tristes los días
La segunda parte del poemario, es “un intermedio para hablar del amor”, que en realidad es un cambio de tema en la misma charla con la madre. Sólo el primer poema es un saldo positivo en este recuento: “un camino de luz” “un caudal” en el que la que canta sí se dejó llevar. El segundo poema ya tiene la nostalgia de lo que no puede ser pleno: la distancia y la separación repetida en los versos:
El hombre del que nunca me hablaste
Es quien viene a mí sólo de vez
En cuando
Porque alguien llamó lejanía
A la distancia
Que hay entre dos puntos
............
Es a quien no puedo decirle que se quede
Porque no comprendería el afán
De estar a solas con él
………
Porque de su ciudad a mi ciudad
Los kilómetros se extienden como la palma de mi mano.
………..
Que ese, que es mi frente y mis manos,
Tengo, desde la lejanía que contemplar.
Nadia incluye dos poemas más sobre el hombre de “blanca piel”, de este que “me levanta /a la cima de la luz”, siempre contándole este amor fugaz a la madre. Nada más.
A pesar de que la tercera parte del poemario es también el canto a un amor que ya no es, se siente más vivo. Los poemas ya no tienen tantas “amarguras”, tristezas ni oscuridades, antes bien son versos de luz, “alegres como abril”.
Los poemas de esta parte del libro están hechos con Olga Lucía, con este par de palabras que hacen lucir los poemas: todos los versos están en hechos en torno a la musicalidad de estas dos palabras, casi todos los poemas lo contienen; en el título, al principio, en medio o al final de los versos, en algunas dedicatorias: 32 poemas y 30 veces ese nombre en el recuento final.
Olga Lucía “es la mujer”, es como “un edificio”, “sabe lo que es despertar con luna”, “su mirada es una puerta entreabierta al final del pasillo”, es “el árbol de la manzana” y “asombro de mariposas”. Sin duda que las mejores imágenes de este libro han nacido de lo que fue o es Olga Lucía; o de lo que es o fue Nadia a su lado; o de lo que son o fueron juntas.
El final del amor cantado en estos poemas es resignado, es un final al que le urge el olvido por el dolor que causa:
Cómo me gustaría borrar tu nombre
De mi cuerpo
Y en cada una de sus partes.
En su lugar escribir “Cae la lluvia,
Crece el árbol, pantalón azul”.
….
El poemario cierra con una frase misteriosa (que presentaré subrayada) ¿quién es el que viene?; con otra invocación a la lluvia para que borre todo y con el nombre más amado:
…Aquí la tarde comienza. Dentro de poco lloverá, lo sé por el color de las nubes. El ya viene en camino. Mientras tanto escribo para ti estas palabras, Olga Lucía…
Nadia Contreras tiene ya decididas las palabras para nombrar las cosas, al menos en este libro, la alegría y la felicidad se llaman abril, luz, mañanas o tardes luminosas; así como la tristeza y la nostalgia son la ausencia de sol, las sombras o las amarguras. La manera en que Nadia hace los superlativos es con la palabra “todas”; así para expresar una inmensa tristeza escribirá: “la ciudad de todas la más amarga y para una intensa alegría anotará: “Que es los abriles todos”.
Lo que no me explico es como, en poemas tan cuidados, la autora ha hecho un uso tan indiscriminado del hipérbaton que, en algunas ocasiones resulta desafortunado hasta hacer perder el ritmo de algunos de sus poemas:
Porque el ya no está
Desde que ha enterrar lo llevamos
Y esa fue la tarde más triste.
La que bajo ninguna circunstancia me deja
Porque su hija única soy.
-------
La mujer que a diferencia de ti
Hijos no tuvo
Pero su sangre, su raíz me dio
A excepción de este tropiezos que uno encuentra en los versos de Nadia, los poemas están bien logrados, se nota un gran trabajo detrás de ellos y, con las vivencias (autobiográficas o no) que se evocan en los textos logra despertar emociones que logran el deseo de hacer nuestro propio recuento y mirar lo que queda de uno.
[1] Nadia Contreras. Lo que queda de mí. CONACULTA, Fondo Editorial Tierra Adentro. Mèxico, 2003.
BUSCANDO A NADIA CONTRERAS
En la publicidad de alguna revista me enteré de que el Fondo Editorial Tierra Adentro había publicado Lo que queda de mí, de la colimense Nadia Contreras. Acá, en este exilio voluntario que vivo en el D.F. me dio gusto saber de Colima y de sus letras, entonces, en la Feria Metropolitana del Libro que hacen cada año en esta ciudad pregunté por el libro. Me dijeron que como los espacios eran tan pequeños no habían traído ese ni otros textos. Me resigné entonces a reposar mis ansias.
Unas semanas después, en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, en el puesto del Conaculta sí encontré el poemario de Nadia, junto a él me esperaban también Los seno, los sones y otros huapanguitos de Rogelio Guedea.
A Nadia ya la conocía desde antes. Los primeros poemas que leí en algún suplemento de nuestra ciudad de Colima me dejaron desde el primer instante un buen sabor de versos. ¿Dije que ya la conocía? Mentira, porque la conocía en parte, nunca había visto su cara ni sabía de dónde era, ni qué hacía.
Fue lo que dejó de ella en su libro lo que me hizo acabar de conocerla, vi su cara y también me di cuenta de que Nadia y yo nacimos en el mismo pueblo –Quesería- y por poco (y sólo por cuestión en el orden de las cifras) casi en el mismo año: ella en 1976, yo en 1967.
Nadia no me conoce, pero yo, por su libro, ya me enteré que estudió en la Facultad de Letras y Comunicación y que hizo una “mestría” (así dice en la solapa) en ciencias sociales, que estuvo becada por el Fondo Estatal para la Cultura y las Artes y que ha publicado sus poemas en muchos suplementos y revistas locales y nacionales.
Nadia no sabe de mí, pero yo quiero decirle, cuando la vea, que me parece una de las poetas (o de los poetas) más prometedoras del estado de Colima, que sus textos son consistentes y maduros y que en la próxima entrega en este espacio, me encargaré de platicarles a ustedes de lo que encuentro en los poemas dolorosos y dulces de esa mujer quesereña de 28 años.
Posdata
No es la primera vez que encuentro a Rogelio Guedea acá en el DF: el otro día, en la librería del aeropuerto hallé la Mala Vida, una revista literaria que me gustó mucho y dentro de ella venía la Biografía, un poema de este amigo al que no veo desde la Normal Superior. Casualmente en este número 25 de la revista viene también un texto de esta mujer de la que estoy hablando ya hace rato. En otra ocasión también, me gustaría hablar de los poemas de Rogelio, con esta manía de maestro de español que quiere analizarlo todo para entenderlo mejor.
Unas semanas después, en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, en el puesto del Conaculta sí encontré el poemario de Nadia, junto a él me esperaban también Los seno, los sones y otros huapanguitos de Rogelio Guedea.
A Nadia ya la conocía desde antes. Los primeros poemas que leí en algún suplemento de nuestra ciudad de Colima me dejaron desde el primer instante un buen sabor de versos. ¿Dije que ya la conocía? Mentira, porque la conocía en parte, nunca había visto su cara ni sabía de dónde era, ni qué hacía.
Fue lo que dejó de ella en su libro lo que me hizo acabar de conocerla, vi su cara y también me di cuenta de que Nadia y yo nacimos en el mismo pueblo –Quesería- y por poco (y sólo por cuestión en el orden de las cifras) casi en el mismo año: ella en 1976, yo en 1967.
Nadia no me conoce, pero yo, por su libro, ya me enteré que estudió en la Facultad de Letras y Comunicación y que hizo una “mestría” (así dice en la solapa) en ciencias sociales, que estuvo becada por el Fondo Estatal para la Cultura y las Artes y que ha publicado sus poemas en muchos suplementos y revistas locales y nacionales.
Nadia no sabe de mí, pero yo quiero decirle, cuando la vea, que me parece una de las poetas (o de los poetas) más prometedoras del estado de Colima, que sus textos son consistentes y maduros y que en la próxima entrega en este espacio, me encargaré de platicarles a ustedes de lo que encuentro en los poemas dolorosos y dulces de esa mujer quesereña de 28 años.
Posdata
No es la primera vez que encuentro a Rogelio Guedea acá en el DF: el otro día, en la librería del aeropuerto hallé la Mala Vida, una revista literaria que me gustó mucho y dentro de ella venía la Biografía, un poema de este amigo al que no veo desde la Normal Superior. Casualmente en este número 25 de la revista viene también un texto de esta mujer de la que estoy hablando ya hace rato. En otra ocasión también, me gustaría hablar de los poemas de Rogelio, con esta manía de maestro de español que quiere analizarlo todo para entenderlo mejor.
ESTAMPAS DEFEÑAS EN TIEMPOS DE FUTBOL
Para Santiago Lepe, mi padre.
Intro
Para los que somos de provincia y no sabemos mucho de futbol nos resulta impresionante la manera en que, a veces, esta ciudad se vuelve una fiesta, un estadio completo.
E1
Cercaron el ángel desde ayer. Quiero decir: desde ayer sábado la policía cercó el monumento del Ángel de la Independencia para que no sufriera daños. Es que mañana hay partido de futbol: la final entre Las Chivas y Los Pumas.
E2
Esta mañana, los vagones del metro que va hacia Ciudad Universitaria iban con mucha gente. Es inusual que a las 8 de la mañana de un domingo viaje tanta gente hacia ese rumbo. En cada vagón iban al menos siete personas vestidas con el uniforme de su equipo favorito. Casi todos con los colores de Los Pumas.
E3
Antier, mientras tratábamos un asunto oficial en la oficina, una de las directoras me soltó de golpe una pregunta, como si fuera una emergencia, “Oye, Enrique, y tu ¿a quién le vas?”. Le explique que no me gusta el futbol y le vi un gesto de reproche, para enmendar mi falta de tacto entre tartamudeos le dije que a Las Chivas. “Pues estás entre puros enemigos: aquí todos le vamos al equipo de nuestra universidad”. Ahora a ella le tocó corregir el tropiezo: “Ah, pero si tu eres de Colima… y estás cerca de Jalisco ¿no?... con razón”.
E4
Toda la mañana vi pasar muchos autos hacia el sur, hacia el estadio, llevaban banderas con los colores de los equipos contrincantes, por supuesto, se veían más del equipo local. Las personas iban con uniforme como si fueran futbolistas: algunos portaban los colores y los símbolos no solo en las camisetas, sino en lo shorts, gorras, pantalones, pañuelos, tatuajes, maquillaje… y algunos hasta en los hijos e hijas que no logran entender todavía.
E5
Mediodía. Domingo. Todo parece tranquilo en el edificio de departamentos donde vivo, incluso en los alrededores. De pronto un grito: gol, gol, gol, gol; la palabra suena fuerte como si hubiese sido dicha por las paredes; el grito se va rebotando por entre las azoteas, repitiéndose, enredándose con risas y otros gritos incomprensibles. Yo no veo televisión, no tengo, no me gusta; para saber del futbol, este día, no es necesaria: cada gol es festejado, se escucha en los alrededores como si fueran cohetes de una fiesta patronal en mi pueblo.
E6
Ha terminado el partido. No lo vi, pero sé quien ganó. La gente regresa, ondean las banderas que tienen la figurita del puma estilizado. Incluso en algunas casas hay banderas. En el edificio de enfrente se escucha la canción de “Guadalajara” y un grito como trueno dice: “arriba las chivas, abajo los pumas, chinguen a su madre todos los chilangos”. La canción y los gritos se repiten durante más de media hora. Yo decido salir de casa.
E7
Cerraron las calles alrededor del Ángel de la Independencia, de todos lados se ve llegar gente con banderas, uniformes y gritos. Los autos dan vueltas en las calles aledañas que no están cerradas, con su el claxon insistente, festejando. Alrededor del monumento cercas de alambre, luego el personal de seguridad pública, después los aficionados, dando vueltas, cargando enormes banderas, juntos hacen un solo rugido: gritan el nombre del equipo, la famosa “porra” de la universidad, dicen contento, dicen felicidad. Una señora pasa, temeraria, desafiante, en medio de los colores pumas, con una bandera de Las Chivas, le silban de mil maneras con mil significados; otros le gritan, la ofenden, ella sigue, luego se pierde en la multitud. Yo me voy al cine.
E8
Salgo del cine cuando empieza a oscurecer, el Paseo de la Reforma, desde La Diana hasta El Ángel y más allá, es un río de gente vestida de futbolista, con banderas, con gritos. Dos helicópteros sobrevuelan la zona. Los festejantes llegan ondeando su entusiasmo, otros se despiden, cansados y satisfechos. Mi papá debe estar enojado: él le va a Las Chivas. Yo no sé de futbol, no entiendo, recuerdo que cuando era un niño le iba a Los Pumas, eso es todo.
Para los que somos de provincia y no sabemos mucho de futbol nos resulta impresionante la manera en que, a veces, esta ciudad se vuelve una fiesta, un estadio completo.
E1
Cercaron el ángel desde ayer. Quiero decir: desde ayer sábado la policía cercó el monumento del Ángel de la Independencia para que no sufriera daños. Es que mañana hay partido de futbol: la final entre Las Chivas y Los Pumas.
E2
Esta mañana, los vagones del metro que va hacia Ciudad Universitaria iban con mucha gente. Es inusual que a las 8 de la mañana de un domingo viaje tanta gente hacia ese rumbo. En cada vagón iban al menos siete personas vestidas con el uniforme de su equipo favorito. Casi todos con los colores de Los Pumas.
E3
Antier, mientras tratábamos un asunto oficial en la oficina, una de las directoras me soltó de golpe una pregunta, como si fuera una emergencia, “Oye, Enrique, y tu ¿a quién le vas?”. Le explique que no me gusta el futbol y le vi un gesto de reproche, para enmendar mi falta de tacto entre tartamudeos le dije que a Las Chivas. “Pues estás entre puros enemigos: aquí todos le vamos al equipo de nuestra universidad”. Ahora a ella le tocó corregir el tropiezo: “Ah, pero si tu eres de Colima… y estás cerca de Jalisco ¿no?... con razón”.
E4
Toda la mañana vi pasar muchos autos hacia el sur, hacia el estadio, llevaban banderas con los colores de los equipos contrincantes, por supuesto, se veían más del equipo local. Las personas iban con uniforme como si fueran futbolistas: algunos portaban los colores y los símbolos no solo en las camisetas, sino en lo shorts, gorras, pantalones, pañuelos, tatuajes, maquillaje… y algunos hasta en los hijos e hijas que no logran entender todavía.
E5
Mediodía. Domingo. Todo parece tranquilo en el edificio de departamentos donde vivo, incluso en los alrededores. De pronto un grito: gol, gol, gol, gol; la palabra suena fuerte como si hubiese sido dicha por las paredes; el grito se va rebotando por entre las azoteas, repitiéndose, enredándose con risas y otros gritos incomprensibles. Yo no veo televisión, no tengo, no me gusta; para saber del futbol, este día, no es necesaria: cada gol es festejado, se escucha en los alrededores como si fueran cohetes de una fiesta patronal en mi pueblo.
E6
Ha terminado el partido. No lo vi, pero sé quien ganó. La gente regresa, ondean las banderas que tienen la figurita del puma estilizado. Incluso en algunas casas hay banderas. En el edificio de enfrente se escucha la canción de “Guadalajara” y un grito como trueno dice: “arriba las chivas, abajo los pumas, chinguen a su madre todos los chilangos”. La canción y los gritos se repiten durante más de media hora. Yo decido salir de casa.
E7
Cerraron las calles alrededor del Ángel de la Independencia, de todos lados se ve llegar gente con banderas, uniformes y gritos. Los autos dan vueltas en las calles aledañas que no están cerradas, con su el claxon insistente, festejando. Alrededor del monumento cercas de alambre, luego el personal de seguridad pública, después los aficionados, dando vueltas, cargando enormes banderas, juntos hacen un solo rugido: gritan el nombre del equipo, la famosa “porra” de la universidad, dicen contento, dicen felicidad. Una señora pasa, temeraria, desafiante, en medio de los colores pumas, con una bandera de Las Chivas, le silban de mil maneras con mil significados; otros le gritan, la ofenden, ella sigue, luego se pierde en la multitud. Yo me voy al cine.
E8
Salgo del cine cuando empieza a oscurecer, el Paseo de la Reforma, desde La Diana hasta El Ángel y más allá, es un río de gente vestida de futbolista, con banderas, con gritos. Dos helicópteros sobrevuelan la zona. Los festejantes llegan ondeando su entusiasmo, otros se despiden, cansados y satisfechos. Mi papá debe estar enojado: él le va a Las Chivas. Yo no sé de futbol, no entiendo, recuerdo que cuando era un niño le iba a Los Pumas, eso es todo.
México, Distrito Federal, a mitad de Junio.
LA FERIA DE LAS LETRAS DE COYOACÁN Y ALÍ CHUMACERO
“Un hombre que sólo ha intentado rescatar,
en imágenes poéticas, la intensidad de la vida”
Alí Chumacero
Los domingos, en el jardín principal de Coyoacán, hay siempre mucha gente (25 mil personas cada fin de semana, que dejan 60 toneladas de basura, según Martínez Assad[1]). Este domingo 9 del mes de marzo hubo muchos poetas: Dionisio Morales, Marco Antonio Campos, Alí Chumacero, Hugo Gutiérrez Vega, Salvador Díaz Mirón, Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia. Estos últimos tres, sólo se presentaron con su voz poética, por supuesto. Algunos los leyeron en voz alta.
En el marco de la II Feria de las Letras de Coyoacán, que esta vez estuvo dedicada al Gran Gabriel García Márquez, se organizó un homenaje a Alí Chumacero, autor de Páramo de sueños (1944), Imágenes desterradas (1948) y Palabras en reposo (1956).
A la derecha del homenajeado, Dionicio Morales; a la izquierda, Marco Antonio Campos; enfrente nosotros, un grupo de aproximadamente 70 oyentes. Así rodeado, el poeta, de 85 años, parecía tener más infantil su cara de niño, más canas en su eterno cabello blanco.
Dionicio fue el que dijo la edad de Chumacero, y luego leyó un acróstico, no sin aclarar que era un formato ya en desuso. Se refirió al silencio del poeta, que no ha vuelto a publicar desde hace ya casi 47 años. Dijo, cariñosamente, que el poeta vive como algunos artistas: “de glorias pasadas”, pero que las glorias de este escritor son eternas. También dijo sospechar que Alí ya no tenía musas porque con algún truco de magia las había convertido en mujeres de carne y hueso y que quizás las tenía escondidas en el ropero.
Morales leyó unos fragmentos de un texto en el que Ermilo Abreu Gómez describió alguna vez al poeta Alí Chumacero, ahí le pinta su cara de niño y lo dibuja como un hombre al que le gusta discutir y con una tremenda facilidad para ganar las discusiones; con la advertencia de que aquellos que se atrevían a ganarle eran descuartizados por el poeta de Imágenes desterradas.
Marco Antonio Campos también se refirió al tiempo en relación con el homenajeado, y dijo conocerlo desde hace 31 años, a través de los hijos del poeta. Recordó que el autor formó parte del grupo conocido como Los Contemporáneos. Elogió la biblioteca de Chumacero, diciendo que es una de las más grandes de México, a la que acuden todos aquellos que quieren consultar sobre Los Contemporáneos. Mencionó las posibles influencias de Cernuda, Lorca y Alexandre en la obra poética de Alí, pero afirmó tajantemente que sin duda la más determinante había sido la de Rilke.
Al mencionar a este poeta alemán, expresó que Chumacero recomendaba a los jóvenes la lectura de este escritor. Campos dijo: “si es que los jóvenes leen poesía hoy”. Cuando escuché está frase de Marco Antonio pensé en las siete veces que las tres sillas que estaban a mi izquierda se habían ido ocupando y luego vaciando por personas que llegaban, escuchaban un rato, se daban cuenta del tema (poetas y poemas) y se iban luego: un adolescente solitario, un papá con su hija de seis, una pareja de adultos, un joven con su perro, dos muchachos y una muchacha, otro joven solitario, una señora como de setenta que sí quedó hasta el final.
Campos, antes de leer algunos fragmentos de Responso del Peregrino, dijo que, le parecía que la voz de algunos poetas se identificaba con alguna parte del día: para él, los poemas de Alfonso Reyes le remiten a las tardes, las de Villaurrutia a la noche y los de Alí, al crepúsculo, cuando ya va cayendo la noche.
Yo, pecador, a orillas de tus ojos miro nacer la tempestad.
Sumiso dardo, voz en la espesura, incrédulo desciendo al manantial de gracia; en tu solar olvida el corazón su falso testimonio, la serpiente de luz y aciago fallecer, relámpago vencido en la límpida zona de laúdes que a mi maldad despliega tu ternura
Elegida entre todas las mujeres, al ángelus te anuncias pastora de esplendores y la alondra de Heráclito se agosta cuando a tu piel acerca su denuedo.
Así hablaron los poetas del poeta. Dionicio fue afectuoso, su tono fue personal, de amigos, se mostró sentimental, conocedor del hombre. Marco Antonio dejó ver su erudición, fue más técnico, conocedor del escritor. Los dos recibieron un abrazo fraterno de un Alí que, mientras escuchaba, mantuvo su seriedad, lejos de las risas y sonrisas que, los que hablaron, hicieron salir de los otros oyentes.
Luego habló Don Alí Chumacero, el de Acaponeta, el de Guadalajara, el de México. Lo recibió un aplauso más fuerte que los anteriores. “A los conocedores del valor de la palabra, sólo agrego mi gratitud”, dijo, refiriéndose a los que le antecedieron en el uso de la palabra. Agradeció los elogios y expresó que, el reconocimiento de los que hablaron y el de los que estuvimos callados, le hizo pensar que “una vida consagrada a la literatura no había sido en vano”. Enseguida empezó a leer sus poemas.
Era casi la una de la tarde: algunas personas empezaban a salir de la misa de 12, desde la puerta del templo del Carmen, situado a unos veinte metros del lugar donde se realizaba el homenaje. Atrás de los poetas, Gabriel García Márquez, en foto, sentado, escuchaba la lectura de poemas. A nuestra izquierda los puestos de libros, a la derecha el jardín, la gente pasando y un letrero “Coyoacán dice no a la guerra”. Dos mujeres guapas, con un cuerpo hecho adrede para atraer miradas, vestidas de azul, empezaron a repartir unas pastillas de menta, de promoción, entre los asistentes. Muchos dejaron de escuchar al poeta para aprovechar el obsequio promocional y para echar una mirada a las curvas publicitarias de las muchachas. Coyoacán es así, con tanta gente y tantas cosas por vender y promocionar.
La voz del poeta volvió a llamar nuestra atención. Cómo no. Su voz es profunda, le salía directamente del pecho, seguramente desde abajo del corazón:
Antes que el viento fuera mar volcado, que la noche se unciera su vestido de luto y que estrellas y luna fincaran sobre el cielo la albura de sus cuerpos.
Antes que luz, que sombra y que montaña miraran levantarse las almas de sus cúspides; primero que algo fuera flotando bajo el aire; tiempo antes que el principio.
Cuando aún no nacía la esperanza ni vagaban los ángeles en su firme blancura; cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios; antes, antes, muy antes.
Cuando aún no había flores en las sendas porque las sendas no eran ni las flores estaban; cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas, ya éramos tú y yo.
Este poema devolvió el entusiasmo a los oyentes quienes lo agradecieron con un aplauso emocionado. Leyó dos poemas más: seis en total. Luego lo despedimos con un aplauso final. Bajó del estrado y en el caminó se encontró con Hugo Gutiérrez Vega, quien subía con la intención de presentar su más reciente libro: “Peregrinaciones”. Los dos escritores se saludaron, se abrazaron. Fotos.
Yo me fui a saludar a Dionicio Morales, a recordarle el Colima de hace diez años. Me dijo que volvería a esta ciudad, para dar un curso a los que están tomando el Diplomado que la SOGEM , la Secetaría de Educación y la Casa de la Cultura están realizando en esta ciudad. Le pedí el acróstico que le hizo a Chumacero y me dijo que lo mandaría por correo electrónico y cumplió, aquí lo tienen:
A UN POETA
A sí es tu vida. Mar, alcohol, amor y ruinas.
L acayo y breve sueño en un páramo gris.
Í ntima eternidad en el destierro.
C arbunclos pardos en tu cuerpo, las mujeres,
H uéspedes reales, te devoran vivo.
U na luz entreabierta cicatriza tu herida.
M ueres en cada placer y resucitas,
A morosa raíz, en imágenes selladas.
C unden en el reposo la sal de las palabras.
E l silencio es abstracto. Sopesa viudos monólogos.
R ecuerdas los ojos verdes en un salón de baile.
O arde el mundo en el peregrino responso de tu alma.
DIONICIO MORALES[2]
[1] Assad Martínez, Carlos. Un domingo en Coyoacán. UNAM/Delegación Coyoacán, 2003. Referencia tomada del Periódico La Jornada, del 10 de marzo de 2003, p. 4a.
[2] Dionicio Morales es originario de Tabasco y ha colaborado en diversas revistas y talleres literarios; algunos de sus poemas y artículos han sido traducidos al inglés, francés, portugués y coreano y actualmente colabora en La cultura en México, de la Revista Siempre!, así como en el suplemento Extravagancia del Periódico Milenio. También es maestro de la Sociedad General de Escritores
en imágenes poéticas, la intensidad de la vida”
Alí Chumacero
Los domingos, en el jardín principal de Coyoacán, hay siempre mucha gente (25 mil personas cada fin de semana, que dejan 60 toneladas de basura, según Martínez Assad[1]). Este domingo 9 del mes de marzo hubo muchos poetas: Dionisio Morales, Marco Antonio Campos, Alí Chumacero, Hugo Gutiérrez Vega, Salvador Díaz Mirón, Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia. Estos últimos tres, sólo se presentaron con su voz poética, por supuesto. Algunos los leyeron en voz alta.
En el marco de la II Feria de las Letras de Coyoacán, que esta vez estuvo dedicada al Gran Gabriel García Márquez, se organizó un homenaje a Alí Chumacero, autor de Páramo de sueños (1944), Imágenes desterradas (1948) y Palabras en reposo (1956).
A la derecha del homenajeado, Dionicio Morales; a la izquierda, Marco Antonio Campos; enfrente nosotros, un grupo de aproximadamente 70 oyentes. Así rodeado, el poeta, de 85 años, parecía tener más infantil su cara de niño, más canas en su eterno cabello blanco.
Dionicio fue el que dijo la edad de Chumacero, y luego leyó un acróstico, no sin aclarar que era un formato ya en desuso. Se refirió al silencio del poeta, que no ha vuelto a publicar desde hace ya casi 47 años. Dijo, cariñosamente, que el poeta vive como algunos artistas: “de glorias pasadas”, pero que las glorias de este escritor son eternas. También dijo sospechar que Alí ya no tenía musas porque con algún truco de magia las había convertido en mujeres de carne y hueso y que quizás las tenía escondidas en el ropero.
Morales leyó unos fragmentos de un texto en el que Ermilo Abreu Gómez describió alguna vez al poeta Alí Chumacero, ahí le pinta su cara de niño y lo dibuja como un hombre al que le gusta discutir y con una tremenda facilidad para ganar las discusiones; con la advertencia de que aquellos que se atrevían a ganarle eran descuartizados por el poeta de Imágenes desterradas.
Marco Antonio Campos también se refirió al tiempo en relación con el homenajeado, y dijo conocerlo desde hace 31 años, a través de los hijos del poeta. Recordó que el autor formó parte del grupo conocido como Los Contemporáneos. Elogió la biblioteca de Chumacero, diciendo que es una de las más grandes de México, a la que acuden todos aquellos que quieren consultar sobre Los Contemporáneos. Mencionó las posibles influencias de Cernuda, Lorca y Alexandre en la obra poética de Alí, pero afirmó tajantemente que sin duda la más determinante había sido la de Rilke.
Al mencionar a este poeta alemán, expresó que Chumacero recomendaba a los jóvenes la lectura de este escritor. Campos dijo: “si es que los jóvenes leen poesía hoy”. Cuando escuché está frase de Marco Antonio pensé en las siete veces que las tres sillas que estaban a mi izquierda se habían ido ocupando y luego vaciando por personas que llegaban, escuchaban un rato, se daban cuenta del tema (poetas y poemas) y se iban luego: un adolescente solitario, un papá con su hija de seis, una pareja de adultos, un joven con su perro, dos muchachos y una muchacha, otro joven solitario, una señora como de setenta que sí quedó hasta el final.
Campos, antes de leer algunos fragmentos de Responso del Peregrino, dijo que, le parecía que la voz de algunos poetas se identificaba con alguna parte del día: para él, los poemas de Alfonso Reyes le remiten a las tardes, las de Villaurrutia a la noche y los de Alí, al crepúsculo, cuando ya va cayendo la noche.
Yo, pecador, a orillas de tus ojos miro nacer la tempestad.
Sumiso dardo, voz en la espesura, incrédulo desciendo al manantial de gracia; en tu solar olvida el corazón su falso testimonio, la serpiente de luz y aciago fallecer, relámpago vencido en la límpida zona de laúdes que a mi maldad despliega tu ternura
Elegida entre todas las mujeres, al ángelus te anuncias pastora de esplendores y la alondra de Heráclito se agosta cuando a tu piel acerca su denuedo.
Así hablaron los poetas del poeta. Dionicio fue afectuoso, su tono fue personal, de amigos, se mostró sentimental, conocedor del hombre. Marco Antonio dejó ver su erudición, fue más técnico, conocedor del escritor. Los dos recibieron un abrazo fraterno de un Alí que, mientras escuchaba, mantuvo su seriedad, lejos de las risas y sonrisas que, los que hablaron, hicieron salir de los otros oyentes.
Luego habló Don Alí Chumacero, el de Acaponeta, el de Guadalajara, el de México. Lo recibió un aplauso más fuerte que los anteriores. “A los conocedores del valor de la palabra, sólo agrego mi gratitud”, dijo, refiriéndose a los que le antecedieron en el uso de la palabra. Agradeció los elogios y expresó que, el reconocimiento de los que hablaron y el de los que estuvimos callados, le hizo pensar que “una vida consagrada a la literatura no había sido en vano”. Enseguida empezó a leer sus poemas.
Era casi la una de la tarde: algunas personas empezaban a salir de la misa de 12, desde la puerta del templo del Carmen, situado a unos veinte metros del lugar donde se realizaba el homenaje. Atrás de los poetas, Gabriel García Márquez, en foto, sentado, escuchaba la lectura de poemas. A nuestra izquierda los puestos de libros, a la derecha el jardín, la gente pasando y un letrero “Coyoacán dice no a la guerra”. Dos mujeres guapas, con un cuerpo hecho adrede para atraer miradas, vestidas de azul, empezaron a repartir unas pastillas de menta, de promoción, entre los asistentes. Muchos dejaron de escuchar al poeta para aprovechar el obsequio promocional y para echar una mirada a las curvas publicitarias de las muchachas. Coyoacán es así, con tanta gente y tantas cosas por vender y promocionar.
La voz del poeta volvió a llamar nuestra atención. Cómo no. Su voz es profunda, le salía directamente del pecho, seguramente desde abajo del corazón:
Antes que el viento fuera mar volcado, que la noche se unciera su vestido de luto y que estrellas y luna fincaran sobre el cielo la albura de sus cuerpos.
Antes que luz, que sombra y que montaña miraran levantarse las almas de sus cúspides; primero que algo fuera flotando bajo el aire; tiempo antes que el principio.
Cuando aún no nacía la esperanza ni vagaban los ángeles en su firme blancura; cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios; antes, antes, muy antes.
Cuando aún no había flores en las sendas porque las sendas no eran ni las flores estaban; cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas, ya éramos tú y yo.
Este poema devolvió el entusiasmo a los oyentes quienes lo agradecieron con un aplauso emocionado. Leyó dos poemas más: seis en total. Luego lo despedimos con un aplauso final. Bajó del estrado y en el caminó se encontró con Hugo Gutiérrez Vega, quien subía con la intención de presentar su más reciente libro: “Peregrinaciones”. Los dos escritores se saludaron, se abrazaron. Fotos.
Yo me fui a saludar a Dionicio Morales, a recordarle el Colima de hace diez años. Me dijo que volvería a esta ciudad, para dar un curso a los que están tomando el Diplomado que la SOGEM , la Secetaría de Educación y la Casa de la Cultura están realizando en esta ciudad. Le pedí el acróstico que le hizo a Chumacero y me dijo que lo mandaría por correo electrónico y cumplió, aquí lo tienen:
A UN POETA
A sí es tu vida. Mar, alcohol, amor y ruinas.
L acayo y breve sueño en un páramo gris.
Í ntima eternidad en el destierro.
C arbunclos pardos en tu cuerpo, las mujeres,
H uéspedes reales, te devoran vivo.
U na luz entreabierta cicatriza tu herida.
M ueres en cada placer y resucitas,
A morosa raíz, en imágenes selladas.
C unden en el reposo la sal de las palabras.
E l silencio es abstracto. Sopesa viudos monólogos.
R ecuerdas los ojos verdes en un salón de baile.
O arde el mundo en el peregrino responso de tu alma.
DIONICIO MORALES[2]
[1] Assad Martínez, Carlos. Un domingo en Coyoacán. UNAM/Delegación Coyoacán, 2003. Referencia tomada del Periódico La Jornada, del 10 de marzo de 2003, p. 4a.
[2] Dionicio Morales es originario de Tabasco y ha colaborado en diversas revistas y talleres literarios; algunos de sus poemas y artículos han sido traducidos al inglés, francés, portugués y coreano y actualmente colabora en La cultura en México, de la Revista Siempre!, así como en el suplemento Extravagancia del Periódico Milenio. También es maestro de la Sociedad General de Escritores
JUAN JOSE ARREOLA: EL ARBOL DE PALABRAS
Fue en la sala principal del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, el sábado 28 de septiembre de 2002. Todos los lugares ocupados. Los invitados especiales estuvieron en las butacas de en medio, ni muy adelante ni muy atrás: alcancé a ver allí a Felipe Garrido y a Mónica Lavín, seguramente había algunos otros escritores, de los presentes sólo a ellos conozco de vista. También estaban, lo dijeron después, dos hermanos del homenajeado (Ana y Librado).
Pasaron al escenario, en fila india y en este orden: la Secretaria de Cultura del Gobierno de Jalisco que se llama Sofía González Luna, luego Claudia Berenice Arreola, enseguida Orso Arreola, después Sara Guadalupe Bermúdez, presidenta del CONACULTA y al final Saúl Juárez, director del INBA.
Las palabras del hijo
Primero habló Orso, de la emoción que le daba estar presente en el homenaje, de que en la intimidad el gran Juan José sufría por los demás y que por eso escribió “donde quiera que haya un duelo siempre estaré de parte del que cae”. De que siempre defendió la gran literatura. Luego trajo las voces de otros escritores latinoamericanos que definieron a su padre: dijo que Julio Cortázar lo llamó “Árbol de palabras”; que Borges lo cifró en la palabra Libertad y que Octavio Paz comentó: “La materia prima de Arreola es la vida misma pero inmovilizada o petrificada por la memoria”.
El hijo de Juan José se refirió a la Feria y dijo que “un compromiso social nace de esta novela”. Mencionó también a los autores favoritos de su padre. A nombre de Arreola Zúñiga, hizo una invitación a los presentes para que leyeran o releyeran los clásicos, esos que el maestro veneró. Luego, sin previo aviso, el hijo del escritor jalisciense, dijo que alzaba la voz a la mitad del foro y siguió parafraseando a Ramón López Velarde para terminar con una invitación para que “votemos a favor de la literatura y de las artes auténticas, verdaderas”, enseguida introdujo los nombres de los amigos del homenajeado.
Con la frase de “bienaventurados sean los poetas y escritores que nos han dado patria y palabra”, anunció que hablarían, después de él y de otros, Eduardo Lizalde, José Emilio Pacheco y Hugo Gutiérrez Vega. Finalmente agradeció a la Bermúdez y a todos los demás que hicieron posible el homenaje a Juan José Arreola Zúñiga, antes de que de cumplirse un año de su muerte.
El mensaje de las “autoridades”.
Usó el otro micrófono Saúl Juárez, el director de INBA, recordó que en diciembre del 2001 Arreola dejó de caminar por “estas calles, escenarios, foros y jardines”. Se refirió al aspecto físico del hombre homenajeado: de pelo ensortijado, elegante, el de la capa larga y oscura, que gustaba de tomar vino y jugar ajedrez. Dijo que no había una frontera clara entre la obra y la vida, tocadas ambas por la sensibilidad poética; se refirió al charlista inagotable y al que leía con vehemencia en voz alta.
Recordó las incursiones de Juan José Arreola en la televisión y las consideró afortunadas. Explicó que el homenaje trataba de reunir las diversas pasiones del maestro: la literatura, el teatro, el ajedrez, la televisión y la radio. Agradeció a “los escritores de distintas voces que participan en el homenaje”, también anunció a Lizalde, Pacheco y Gutiérrez. Terminó citando a Julio Cortázar, con palabras dirigidas a Arreola: “Usted es una hormiga león, si son las hormigas león son las que hacen un embudo en la arena para que sus víctimas resbalen al fondo: cuatro palabras y zas, adentro; pero vale la pena ser comido por usted”.
Luego la presidenta del CONACULTA, Sara Bermúdez, leyó las tarjetas de su discurso: nos recordó los 50 años del libro “Confabulario” como la primera aparición con que Arreola irrumpió en la escena cultural de nuestro país: como editor, animador de espacios culturales, formador de escritores, delicioso conversador, jugador de ping pong y de ajedrez, practicante de una veintena de oficios y como seductor.
Comentó la razón del nombre del homenaje, “Hacedor de lectores”, y citó al maestro con su frase “la lectura ha completado la experiencia de mi vida” y se refirió a la manera en que Arreola se esforzó incansablemente por contagiar el gusto por la lectura. Bermúdez anunció que el homenaje a Juan José tendría alcance nacional y que en diversas partes del país se desarrollaría actividades como: presentaciones de libros, programas de televisión, mesas redondas, torneos de ajedrez, conferencias, cátedras, lecturas y puestas en escenas. Felicitó también a los participantes en el homenaje, mandó un abrazo a la familia del homenajeado y terminó sus frases “amorosamente”: “amemos a la literatura y amemos a Juan José Arreola”.
Las voces de los escritores.
Hugo Gutiérrez Vega fue el primero que inició de los tres: dijo que hablaría de una pequeña ciudad de Jalisco, precisamente en este “monstruo centralista”, y definió el lugar en que todos estábamos como “uno de los lugares emblemáticos del centralismo cultural mexicano”. Luego dio lectura a dos cuartillas de un texto que traía preparado, haciendo una ingeniosísima y deliciosa glosa de la novela más conocida de Juan José Arreola, recordando algunos de los pasajes más significativos de la obra, nombrando a todos los personajes que en ella aparecen y pronunciando sin ambages “las palabrotas” (como él las llamó después) contenidas en el texto. También dijo que, a reserva de lo que opinaran sus compañeros de mesa (Pacheco y Lizalde), el estado de Jalisco ha dado cuatro grandes novelas: Los de Abajo de Mariano Azuela, Al Filo del Agua de Agustín Yañez, Pedro Páramo de Rulfo y La Feria de Arreola. Concluyó su lectura diciendo: “Gracias Juan José por hacernos merecedores de tus palabras”.
Los demás escritores no leyeron. Después de la intervención de Gutiérrez Vega se inició una charla entre los tres: sus palabras trajeron anécdotas, comentarios y pasajes de la vida del escritor de Ciudad Guzmán. José Emilio Pacheco hizo “dos observaciones” a la intervención de Hugo. Una fue agregar, a la lista de las cuatro novelas de Jalisco, la novela de Victoriano Salado Álvarez, autor de los Episodios Nacionales. La otra observación se refirió a la semejanza entre “el discurso de la Feria” y el discurso del cuento El Día del Temblor de Juan Rulfo. Eduardo Lizalde intervino para destacar las semejanzas y las diferencias entre las obras de estos dos autores. Luego narró como el maestro planeaba un lenguaje para cada texto, que si pretendía escribir un cuento de balística se ponía a trabajar textos históricos sobre la “balística romana”, o estudiaba lenguaje de tauromaquia o taurófilos para hacer un cuento sobre cornudos.
Hugo volvió a hablar para darle la razón a José Emilio respecto de Salado Álvarez, reconociéndolo como un gran novelista de Jalisco, antes de referir una anécdota sobre el escritor dijo: “Yo creo que en estos lugares hay que decir palabrotas para limpiarlo de la retórica de los políticos”. El aplauso espontáneo de los asistentes no lo dejó continuar, pero cuando lo hizo cumplió: citando un recado en verso atribuidos al novelista de Teocaltiche: “Papá: por pendejo y por metiche/ estoy preso en Teocaltiche”. Para continuar con la charla, Gutiérrez Vega pidió a José Emilio que relatara de qué manera se convirtió en amanuense de Arreola.
El autor del Principio del Placer refirió a otras anécdotas de su relación con Juan José y de paso mencionó brevemente la manera en que el maestro le dictó en una semana la mayor parte de los textos de Confabulario.
La charla de los escritores sedujo al público, nos sedujo: las anécdotas que narraban nos trajeron de nuevo a Juan José, a través de sus voces escuchamos otra vez al maestro: algunos de su frases más ingeniosas, sus versos favoritos; hubo quien lo recordó como actor, quien lo trajo como ajedrecista; se le mencionó como el promotor de escritores, como el “descubridor de oro”: el que hallaba joyas del lenguaje en los jóvenes escritores o en los autores consagrados y que no habían sido vistas por los demás.
Luego nos propusieron un diálogo, entre ellos, los que ya habían hablado deliciosamente del maestro Arreola, y nosotros, los que estuvimos escuchando durante casi dos horas. Sólo dos de nosotros pudieron usar el micrófono destinado al público: uno pidió que hablaran más de la faceta ajedrecista del Ausente; el otro preguntó que cómo podría seguirse la tradición de Juan José sobre el fomento de la lectura. Se escucharon las opiniones de los escritores, amigos de Juan José; pero luego, un recado, pasado de manera discreta a uno de los de la mesa en el escenario, cortó de tajo la conversación entre escritores y público. Nada pudimos a hacer: afuera comenzaba otro espectáculo: la lectura en voz alta, por parte de tres actores, en pleno mediodía, de textos del autor Juan José Arreola, el Árbol de Palabras.
Pasaron al escenario, en fila india y en este orden: la Secretaria de Cultura del Gobierno de Jalisco que se llama Sofía González Luna, luego Claudia Berenice Arreola, enseguida Orso Arreola, después Sara Guadalupe Bermúdez, presidenta del CONACULTA y al final Saúl Juárez, director del INBA.
Las palabras del hijo
Primero habló Orso, de la emoción que le daba estar presente en el homenaje, de que en la intimidad el gran Juan José sufría por los demás y que por eso escribió “donde quiera que haya un duelo siempre estaré de parte del que cae”. De que siempre defendió la gran literatura. Luego trajo las voces de otros escritores latinoamericanos que definieron a su padre: dijo que Julio Cortázar lo llamó “Árbol de palabras”; que Borges lo cifró en la palabra Libertad y que Octavio Paz comentó: “La materia prima de Arreola es la vida misma pero inmovilizada o petrificada por la memoria”.
El hijo de Juan José se refirió a la Feria y dijo que “un compromiso social nace de esta novela”. Mencionó también a los autores favoritos de su padre. A nombre de Arreola Zúñiga, hizo una invitación a los presentes para que leyeran o releyeran los clásicos, esos que el maestro veneró. Luego, sin previo aviso, el hijo del escritor jalisciense, dijo que alzaba la voz a la mitad del foro y siguió parafraseando a Ramón López Velarde para terminar con una invitación para que “votemos a favor de la literatura y de las artes auténticas, verdaderas”, enseguida introdujo los nombres de los amigos del homenajeado.
Con la frase de “bienaventurados sean los poetas y escritores que nos han dado patria y palabra”, anunció que hablarían, después de él y de otros, Eduardo Lizalde, José Emilio Pacheco y Hugo Gutiérrez Vega. Finalmente agradeció a la Bermúdez y a todos los demás que hicieron posible el homenaje a Juan José Arreola Zúñiga, antes de que de cumplirse un año de su muerte.
El mensaje de las “autoridades”.
Usó el otro micrófono Saúl Juárez, el director de INBA, recordó que en diciembre del 2001 Arreola dejó de caminar por “estas calles, escenarios, foros y jardines”. Se refirió al aspecto físico del hombre homenajeado: de pelo ensortijado, elegante, el de la capa larga y oscura, que gustaba de tomar vino y jugar ajedrez. Dijo que no había una frontera clara entre la obra y la vida, tocadas ambas por la sensibilidad poética; se refirió al charlista inagotable y al que leía con vehemencia en voz alta.
Recordó las incursiones de Juan José Arreola en la televisión y las consideró afortunadas. Explicó que el homenaje trataba de reunir las diversas pasiones del maestro: la literatura, el teatro, el ajedrez, la televisión y la radio. Agradeció a “los escritores de distintas voces que participan en el homenaje”, también anunció a Lizalde, Pacheco y Gutiérrez. Terminó citando a Julio Cortázar, con palabras dirigidas a Arreola: “Usted es una hormiga león, si son las hormigas león son las que hacen un embudo en la arena para que sus víctimas resbalen al fondo: cuatro palabras y zas, adentro; pero vale la pena ser comido por usted”.
Luego la presidenta del CONACULTA, Sara Bermúdez, leyó las tarjetas de su discurso: nos recordó los 50 años del libro “Confabulario” como la primera aparición con que Arreola irrumpió en la escena cultural de nuestro país: como editor, animador de espacios culturales, formador de escritores, delicioso conversador, jugador de ping pong y de ajedrez, practicante de una veintena de oficios y como seductor.
Comentó la razón del nombre del homenaje, “Hacedor de lectores”, y citó al maestro con su frase “la lectura ha completado la experiencia de mi vida” y se refirió a la manera en que Arreola se esforzó incansablemente por contagiar el gusto por la lectura. Bermúdez anunció que el homenaje a Juan José tendría alcance nacional y que en diversas partes del país se desarrollaría actividades como: presentaciones de libros, programas de televisión, mesas redondas, torneos de ajedrez, conferencias, cátedras, lecturas y puestas en escenas. Felicitó también a los participantes en el homenaje, mandó un abrazo a la familia del homenajeado y terminó sus frases “amorosamente”: “amemos a la literatura y amemos a Juan José Arreola”.
Las voces de los escritores.
Hugo Gutiérrez Vega fue el primero que inició de los tres: dijo que hablaría de una pequeña ciudad de Jalisco, precisamente en este “monstruo centralista”, y definió el lugar en que todos estábamos como “uno de los lugares emblemáticos del centralismo cultural mexicano”. Luego dio lectura a dos cuartillas de un texto que traía preparado, haciendo una ingeniosísima y deliciosa glosa de la novela más conocida de Juan José Arreola, recordando algunos de los pasajes más significativos de la obra, nombrando a todos los personajes que en ella aparecen y pronunciando sin ambages “las palabrotas” (como él las llamó después) contenidas en el texto. También dijo que, a reserva de lo que opinaran sus compañeros de mesa (Pacheco y Lizalde), el estado de Jalisco ha dado cuatro grandes novelas: Los de Abajo de Mariano Azuela, Al Filo del Agua de Agustín Yañez, Pedro Páramo de Rulfo y La Feria de Arreola. Concluyó su lectura diciendo: “Gracias Juan José por hacernos merecedores de tus palabras”.
Los demás escritores no leyeron. Después de la intervención de Gutiérrez Vega se inició una charla entre los tres: sus palabras trajeron anécdotas, comentarios y pasajes de la vida del escritor de Ciudad Guzmán. José Emilio Pacheco hizo “dos observaciones” a la intervención de Hugo. Una fue agregar, a la lista de las cuatro novelas de Jalisco, la novela de Victoriano Salado Álvarez, autor de los Episodios Nacionales. La otra observación se refirió a la semejanza entre “el discurso de la Feria” y el discurso del cuento El Día del Temblor de Juan Rulfo. Eduardo Lizalde intervino para destacar las semejanzas y las diferencias entre las obras de estos dos autores. Luego narró como el maestro planeaba un lenguaje para cada texto, que si pretendía escribir un cuento de balística se ponía a trabajar textos históricos sobre la “balística romana”, o estudiaba lenguaje de tauromaquia o taurófilos para hacer un cuento sobre cornudos.
Hugo volvió a hablar para darle la razón a José Emilio respecto de Salado Álvarez, reconociéndolo como un gran novelista de Jalisco, antes de referir una anécdota sobre el escritor dijo: “Yo creo que en estos lugares hay que decir palabrotas para limpiarlo de la retórica de los políticos”. El aplauso espontáneo de los asistentes no lo dejó continuar, pero cuando lo hizo cumplió: citando un recado en verso atribuidos al novelista de Teocaltiche: “Papá: por pendejo y por metiche/ estoy preso en Teocaltiche”. Para continuar con la charla, Gutiérrez Vega pidió a José Emilio que relatara de qué manera se convirtió en amanuense de Arreola.
El autor del Principio del Placer refirió a otras anécdotas de su relación con Juan José y de paso mencionó brevemente la manera en que el maestro le dictó en una semana la mayor parte de los textos de Confabulario.
La charla de los escritores sedujo al público, nos sedujo: las anécdotas que narraban nos trajeron de nuevo a Juan José, a través de sus voces escuchamos otra vez al maestro: algunos de su frases más ingeniosas, sus versos favoritos; hubo quien lo recordó como actor, quien lo trajo como ajedrecista; se le mencionó como el promotor de escritores, como el “descubridor de oro”: el que hallaba joyas del lenguaje en los jóvenes escritores o en los autores consagrados y que no habían sido vistas por los demás.
Luego nos propusieron un diálogo, entre ellos, los que ya habían hablado deliciosamente del maestro Arreola, y nosotros, los que estuvimos escuchando durante casi dos horas. Sólo dos de nosotros pudieron usar el micrófono destinado al público: uno pidió que hablaran más de la faceta ajedrecista del Ausente; el otro preguntó que cómo podría seguirse la tradición de Juan José sobre el fomento de la lectura. Se escucharon las opiniones de los escritores, amigos de Juan José; pero luego, un recado, pasado de manera discreta a uno de los de la mesa en el escenario, cortó de tajo la conversación entre escritores y público. Nada pudimos a hacer: afuera comenzaba otro espectáculo: la lectura en voz alta, por parte de tres actores, en pleno mediodía, de textos del autor Juan José Arreola, el Árbol de Palabras.
Enrique Lepe García
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